Sombras de un discurso

Tras los fastos de la toma de posesión, después de un brillante y patriótico discurso sobre la libertad y los ideales americanos, con la presencia de todo el poder en Washington, llegan los incómodos detalles de la realidad. El presidente Bush prometió extender la libertad en todo el planeta como requisito necesario para la seguridad global. Absolutamente de acuerdo.

No mencionó a malos ni buenos, no habló de Iraq ni de Afganistán y no bajó a la arena de lo concreto. Fue un discurso programático para diseñar las grandes líneas de su segundo mandato que se basan en que la supervivencia de la libertad en Estados Unidos depende cada vez más de la libertad en el resto del mundo. Es difícil no compartir plenamente estos criterios.

Pero mientras el presidente se dirigía al mundo desde los pies del Capitolio Iraq ofrecía su diario balance de muertos, destrucción, violencia y terrorismo indiscriminado por acciones barbáricas de la resistencia. Al margen de que la guerra fue construida sobre una mentira, el hecho cierto es que las elecciones del día 30 no traerán la democracia en Iraq. Por la sencilla razón de que la democracia no se impone sino que es un estado social que se acepta y se estimula desde la misma sociedad. El hecho de que la invasión de marzo de 2003 acabara con la dictadura de Saddam no significa que la situación en la que viven hoy los iraquíes sea mejor que antes.

Mientras la fiesta continuaba en Washington, el gobierno Blair y el ejército británico trataban de minimizar el debate público sobre las acusaciones de abusos y tortura a prisioneros iraquíes en las inmediaciones de Basora. Las fotografías de las humillaciones a prisioneros iraquíes son repugnantes. Tanto las que ha publicado la prensa británica estos días como las que circularon por todo el mundo al filtrarse los abusos de la cárcel de Abu Ghraib.

No se acaba de entender cómo personas que han dado vía libre a sus instintos más primarios lleguen a la perversidad de querer fotografiar sus tropelías. Los abusos a prisioneros han alcanzado también a Dinamarca donde un agente de la inteligencia y cuatro soldados han sido acusado de maltratar a prisioneros iraquíes el año pasado.

La defensa de los gobiernos Bush y Blair es que los soldados están adiestrados para usar la violencia y cuando entran en combate es inevitable que se cometan algunos abusos. Estas barbaridades han ocurrido en todas las guerras, en todos los continentes y en todos los tiempos. Pero las sociedades democráticas de hoy no pueden digerir estos abusos cuando pasan las imágenes detalladas por sus narices.

La administración Bush ha establecido un tribunal para juzgar a los directamente involucrados en las torturas. Un soldado norteamericano ha sido apartado del ejército y sentenciado a varios años de cárcel. Algo parecido va a ocurrir en Gran Bretaña. Pero la prensa va a seguir suministrando imágenes de estas barbaridades si llegan a los periódicos y televisiones.

El nuevo fiscal general designado por la nueva administración, Alberto Gonzales, escribió varios informes que justificaban la tortura. El premio ha sido designarle como máximo responsable de la justicia en el gobierno. Parece que ha prevalecido su condición de hispano sobre su pensamiento respecto a los derechos humanos.

Ni Bush ni Blair han aceptado la remota posibilidad de asumir responsabilidades sobre lo que ha ocurrido. Tampoco sus respectivos gobiernos. Estos abusos, hay que entender, no tienen importancia política. Tampoco lo que está ocurriendo actualmente en Guantánamo. Estoy muy de acuerdo en que la libertad es el motor de la historia. Y que tanto norteamericanos como británicos han sido pioneros en su defensa a lo largo de los dos últimos siglos.

Pero si sus actitudes hoy no responden a la trayectoria de sus respectivas historias nacionales es lógico que no nos parezcan bien. El liderazgo de la fuerza no tiene nada que ver con el liderazgo moral.

  1 comentario por “Sombras de un discurso

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