Lluch, el amigo

Apuntes escritos hace 18 años, a las pocas horas de que Ernest Lluch cayera asesinado en el garaje de su casa en la avinguda de Chile de Barcelona.

 

Nota apresurada a las pocas horas del asesinato de Ernest Lluch hoy hace 18 años.

Le dejé delante de su casa el lunes por la noche. Estaba satisfecho de la tertulia que cada semana, desde principios de septiembre, librábamos en Rac1 a partir de la medianoche. No era una tertulia clásica. Era una reflexión sobre el barcelonismo con toques culturales, históricos, patrióticos. Me decía anoche que lo teníamos que hacer así porque era la forma de distanciarse de la gran oferta de la noche.

Bajamos a la calle. Seguimos hablando. Subimos al coche y nos dirigimos hacia Les Corts. Me decía que este fin de semana iba a ir a San Sebastián a dar una conferencia en la Universidad del País Vasco. ¿Estás seguro?, le dije. Es que si no fuera no podría mirar a la cara a cuantas personas se juegan la vida para defender la libertad.

Ernest Lluch tenía un compromiso muy serio por la paz en el País Vasco. Visitaba con gran frecuencia San Sebastián donde disponía de un piso. Iba al teatro, hablaba con todos, estaba seguro de que la salida era posible y no tenía miedo. No lo tenía hasta este verano cuando escribió un artículo en La Vanguardia en la que en boca de un tercero explicaba su estado de ánimo mientras residía en la ciudad donostiarra en pleno mes de agosto. Me confesó que no había salido ningún día de casa y que tenía miedo. ¿Por qué no te vendes este piso y no frecuentas San Sebastián? Es imposible, me dijo, tengo tantos lazos con esa gente, con esa sociedad, que no puedo hacerlo.

Cuando el diputado Recalde sufrió un atentado le advertí en la cena que cada lunes manteníamos en Barcelona que si Recalde era un objetivo él también estaba en la lista. Ya lo sé, contestó. El sabía que podía ser una víctima de los asesinos pero confiaba en que no le pasaría nada. No llevaba escolta y transitaba mucho a pie por la ciudad. Llevaba siempre bajo el brazo el Diario Vasco de San Sebastián como un cierto signo de identidad y de complicidad con la sociedad donostiarra. Sabía todo de todos.

Ayer por la noche mientras circulábamos por la Travessera de les Corts hacia su domicilio me contaba el almuerzo que tuvo este verano en casa de la familia Delclaux. Lo contaba con todo lujo de detalles, cómo se sentaron, lo que decían, lo que decían que habían pagado como rescate por la liberación del secuestrado Cosme Delclaux. Era Lluch un hombre comprometido con la convivencia y con la paz en el País Vasco. Sabía de los excesos producidos en aquella sociedad por parte de los violentos. Pero no renunciaba a dejar de ser un donostiarra de adopción. Conocía a los políticos, a su amigo Elorza alcalde de San Sebastián, a la cúpula de la Iglesia vasca. Me comentaba un día que solía pasearse por la Concha de San Sebastián, de noche, con un poco de neblina y veía a veces pasear en direcciones opuestas al cardenal Suquía y al obispo Setién, los dos ya jubilados de sus responsabilidades eclesiásticas. Apenas se hablaban entre los dos monseñores, un buenas noches seco y cáustico, pero que Ernest se detenía a conversar largamente con cada uno de ellos.

Tenía Ernest Lluch una gran ilusión en el último libro publicado sobre la biografía de dos austriacistas. Se lo iba a presentar en Madrid su amigo Miguel Herrero de Miñón que se encuentra ahora fuera de España. Ayer me dijo que Miguel le había escrito desde Italia hablándole de cómo y de qué manera le presentaría el libro.

Fue la última conversación que mantuve con él, justo veinte horas antes de que le asesinaran. Pienso que ayer por la noche, a la una menos diez, los asesinos nos estarían observando desde alguna parte. Quedamos en cenar el próximo lunes a las once menos cuarto. Como siempre y como cada lunes desde comienzos de septiembre. Solía decir Ernest que yo era la única persona, fuera de su entorno familiar, con el que hablaba cada semana desde hacía muchos años.

Me cuesta mucho aceptar esta barbarie. No puede ser. Ernest era un hombre de bien, un hombre culto, un gran patriota catalán, un español que sabía la historia de nuestro país. Tenía un fino sentido del humor y una humanidad tan grande como el mar que contempló, desde muy joven, desde Vilassar de Mar. Ernest, me duele no tenerte ya. Nuestra amistad se reanudará “au delà”, al otro lado, un lugar en el que él vagamente confiaba.

5 comentarios

  5 comments for “Lluch, el amigo

  1. R
    23/11/2018 at 13:36

    Perdonar ? en este caso me cuesta mucho.
    Recuerdo perfectamente aquel dia, seguia a Ernest cuando venia a mi ciudad a dar charlas en los escolapios.
    Recuerdo que fue la primera manifestacion a la que fui en mi ciudad con las manos pintadas de blanco.
    Un asesinato es acto vil, y mas cuando es contra una persona que busca la paz y el entendimiento, hace 18 no supe encontrar un motivo de esta diana, y hoy creo que tampoco nadie ha sabido explicar los motivos del asesinato.

  2. Àfrica
    22/11/2018 at 18:34

    Sr Foix: qué duro e injusto ….todavía recuerdo aquel frio interno que tuve todo el dia, aquella sensación de incredulidad….

  3. 22/11/2018 at 10:24

    Sr.Foix: han pasado dieciocho años… pero Ernest Lluch sigue presente en nuestro recuerdo y en su legado de humanidad que nos dejó…

    • Albert.
      23/11/2018 at 20:28

      Sr. Foix i BartorloméC, suscribo y me junto a todo lo que nos comunicáis.

      También me adjunto a las respuestas de R. i de Äfrica.y tambíen con dogbert.

  4. dogbert
    22/11/2018 at 00:31

    Ernest LLuch en la memoria
    El articulo del Sr. Foix me sigue emocionando.
    Dieciocho años despues!
    Hay que perdonar. Hay que tener memoria.

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