Vigencia de Roosevelt

Franklin D. Roosevelt supo construir sobre la equidad y la justicia social un sistema que garantizaba la libertad y la democracia

Ahora hace un siglo terminaban las hostilidades en Europa y se abría un periodo de incertidumbres y de miedos. Se había quebrado la confianza entre los políticos y los ciudadanos que no entendían cómo sus respectivos dirigentes les habían conducido a una carnicería humana hasta entonces nunca vista.

Se trazaron nuevas fronteras, cayeron cuatro imperios, la revolución de octubre en Rusia daba sus primeros pasos y los vencedores de la Gran Guerra impusieron reparaciones imposibles de cumplir a la Alemania derrotada.

Vinieron los felices años veinte en los que la alegría de vivir intentaba olvidar los horrores de las trincheras y el olor letal de los gases lacrimógenos que se utilizaron por primera vez entre dos bandos contendientes. Un individualismo descontrolado, un capitalismo sin escrúpulos, condujo al colapso económico y a una miseria general que fue aprovechada por ideologías nuevas que propiciaban un nuevo orden o una raza nueva y superior.

Las ideas no tuvieron en cuenta a las personas y el adoctrinamiento para conseguir las sociedades perfectas propició la irrupción de dos regímenes totalitarios contrapuestos que costaron nuevamente millones de víctimas en los escenarios de la próxima guerra que se declararía veinte años después de la Conferencia de Paz de París de 1919.

Releyendo el perfil humano y político que Isaiah Berlin hace sobre Franklin Delano Roosevelt cuesta mucho imaginar que ochenta años después la Casa Blanca estaría habitada por un presidente que carece de humanismo y sentido de Estado.

Donald Trump es un individualista sin complejos, aislacionista por convicción, mentiroso compulsivo, mientras que Roosevelt intentó afrontar la crisis de los años treinta no con un nuevo orden o con un nuevo país sino simplemente con un New Deal, un nuevo acuerdo, una válvula de escape que neutralizara la indignación y la rabia propiciando la justicia social y una mayor igualdad económica. Este reto era una obra gigantesca en medio de una gran depresión económica. Y se proponía llevarlo a cabo sin alterar las bases de la libertad y la democracia en su país.

Fue criticado por las elites políticas y financieras que le acusaron de aventurero y propicio a implantar el socialismo en Estados Unidos. La confianza en los banqueros y en los grandes empresarios se había evaporado después de la crisis de 1929.

Roosevelt se rodeó de personajes no familiarizados con la política, expertos y patriotas que compartían las ideas de justicia y equidad sin arañar ninguno de los principios de la democracia y la libertad. Se le tildó de débil, ignorante, sin escrúpulos, irresponsable y rodeado de aventureros. El new deal fue la corrección de los abusos del capitalismo desenfrenado que, casualmente, se despeñó como se había hundido unos años antes el Titanic en las aguas del Atlántico norte.

El mundo occidental, desde Estados Unidos hasta cualquier país de la Unión Europea, tiene que recuperar el humanismo y la atención a las necesidades más elementales de los ciudadanos que han quedado descartados de lo que hemos conocido como el Estado de bienestar. Este es el gran reto.

Trasladando este relato visto en perspectiva a nuestros días, me permito apuntar que sin una política social que satisfaga los intereses más perentorios de los hombres y mujeres que intentan sobrevivir en este mundo cambiante y radicalmente desprovisto de humanismo, es decir, sin tener en cuenta que las personas son lo primero, los conflictos serán inevitables.

Nuestros políticos están instalados en el presente sin tener en cuenta el pasado y sin importarles el futuro. Juegan con la política, con los cargos, con las prebendas, en definitiva, con el poder. Roosevelt era un presidente que no tenía miedo al futuro porque pensaba que una democracia no se sustenta sin una cierta igualdad social y sin que las oportunidades fueran asequibles para cualquier persona, independientemente de su procedencia, sus ­creencias o sus afinidades políticas.

Un programa identitario, ideológico, cultural, económico… que no tenga en cuenta las legítimas reivindicaciones sociales de los ciudadanos no puede perdurar. El poder es muy atractivo para los que se creen que lo tienen, pero si piensan que se puede jugar con él, beneficiarse, engañando al gran público con mentiras y propaganda, su declive es inevitable.

Interpretando el pensamiento de Roosevelt la promoción de la justicia social y la libertad individual no significa el final de una gobernanza eficiente. La buena retórica, los rifirrafes parlamentarios, son compatibles con la polí­tica seria, cívica, y demo­crática.

Publicado en La Vanguardia el 21 de noviembre de 2018

3 comentarios

  3 comments for “Vigencia de Roosevelt

  1. Ramon
    23/11/2018 at 13:42

    Roosevelt con el New Deal, impulso la creacion de la clase media de EEUU, que tan buenos resultados dio en la epoca dorada del capitalismo 1950-80.
    Ahora seria necesario un New Deal verde, porque esta sucediento el mismo caso, ahora con la eliminación de la clase media, por la globalización sin reglas, en la cual los impuestos se escapan a otros paises, la banca en la sombra, etc sin poder asumir el estado del bienestar (Educacion gratuita, sanidad gratuita, jubilaciones etc)

  2. 22/11/2018 at 10:27

    Sr.Foix: hay pensamientos como el de Roosevelt que siguen vigentes…

  3. Xavier
    21/11/2018 at 19:59

    Avui. Una reflexió molt encertada, per contraposar als temps que vivim. Gràcies.

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