La fragilidad de los más fuertes

Para el movimiento MAGA, Trump puede dejar de ser una bandera y convertirse en un estorbo. Foto ALFREDO ESTRELLA / AFP

Un cambio unilateral de fronteras provoca conflictos de consecuencias insospechadas. La geografía y la demografía interactúan a través de las fronteras, esas cicatrices que, en palabras de Josep Borrell, la historia ha dejado grabadas en la piel de la tierra. Las fronteras no son eternas y los mapas históricos muestran la alteración constante de los límites de las naciones como consecuencia de la conquista de tierras ajenas. Las guerras tienen un componente ideológico, pero la gran mayoría se libran para conquistar o mantener un territorio.

La relación íntima y per­sonal de los hombres con la tierra es transmitida por generación espontánea a los gobiernos respectivos. La guerra de Ucrania es sobre quién tiene la soberanía sobre unas provincias que un día fueron rusas y hoy son independientes. El conflicto entre Israel y Hamas recae sobre quién es el dueño de unas tierras que han sido habitadas durante milenios por judíos y palestinos.

La inestabilidad que proyecta la errática política de Trump es su obsesión por incorporar a Canadá como un estado más de Estados Unidos, comprar o conquistar por las buenas o por las malas Groenlandia, entrar con tropas en México para combatir el narcotráfico o proclamarse en su cuenta de Truth Social como “presidente en funciones de Venezuela”.

Estas amenazas no vienen de la razón, el diálogo o la diplomacia, que siempre busca el consenso. Se pretende alterar las fronteras con la fuerza como elemento principal. La ruptura del Estado de derecho quebrando los pactos adquiridos por los gobiernos actuales o por sus antecesores comporta conflictos, guerras y el sufrimiento y la muerte de cientos de miles de personas.

Sospecho que en el entorno del presidente Trump debe de haber un grupo de personas que piensan y que saben historia. El movimiento MAGA (“Make America Great Again”) quiere una América distinta en la que dominen en todo y para todo los “buenos americanos”. No me refiero solamente a sus inmediatos colaboradores y aduladores como el secretario de Estado Marco Rubio, el vicepresidente J.D. Vance o el colaborador más mis­terioso, Stephen Miller, asesor presidencial obsesionado con los inmigrantes y con el imperialismo de cuño decimonónico. Son los estrategas, en el ámbito militar, académico y estratégico, que han seguido el populismo de Trump, que les ha ayudado a ganar elecciones, pero puede llegar un momento en el que este carácter tan ególatra y narcisista estropee las ambiciones del movimiento MAGA y la misma figura de Trump deje de ser una bandera y se convierta en un estorbo.

El historiador Paul Kennedy estima que todos los gobiernos de todos los tiempos y en todas partes saben lo que no tienen que hacer y, sin embargo, siguen adelante con decisiones infortunadas y catastróficas que los llevan a la perdición.

Las ambiciones territoriales de Trump se parecen en las formas a las que está perpetrando Putin en Ucrania y las que Xi Jinping pueda ejecutar sobre Taiwán. Si el más poderoso quiebra las reglas establecidas, cualquiera le puede imitar. No es cuestión de razones, sino de fuerza, y el más poderoso puede aplastar al más débil.

Se huele a guerra porque los presupuestos militares crecen en todas partes y muchas economías nacionales dependen del negocio de las armas. Se detecta un miedo invisible que perturba los ánimos al entrar en el ámbito de adquirir tierras por la fuerza al margen del derecho y sin la voluntad de las gentes que históricamente las han habitado.

Europa tiene que construir su propia defensa. Para ello hay que reforzar la productividad y seguir las indicaciones del informe Draghi, que parece que nadie se ha molestado en leer. Pero un rearme no es la única fórmula para enfrentarse a las convulsiones que vienen.

Hay que proponer por todos los medios la unidad de los europeos en aquellos espacios de civilización compartidos en el ámbito de la racionalidad y el humanismo buceando en los pozos de Erasmo, Moro, Llull, Dante, Pascal, Voltaire, Goethe, Gracián, Montaigne y el sinfín de pensadores que han moldeado la idea de una Europa imperfecta pero que ha progresado respetando al que piensa distinto.

Publicado en La Vanguardia el 14 de enero de 2025

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