
Tres billonarios que controlan las entrañas de las redes sociales y controlan o manipulan los datos personales de millones de ciudadanos. Elon Musk, Mark Zuckerberg y Jeff Bezzos.
En la película La red social, Mark Zuckerberg exhibía su genialidad y su riqueza tras poner en marcha Facebook arrastrando a millones de usuarios que le entregaban sin chistar los datos más personales. Corría el año 2010 y se dibujaba una élite económica que, a caballo de las nuevas tecnologías, tendría tanta o aún más relevancia que los políticos elegidos.
Hemos pasado de la condición de ciudadanos a la de consumidores y, finalmente, a la de seguidores. La importancia de los nuevos influencers no es tanto por lo que digan, sino por cuántos seguidores tienen. No importa lo que publiquen, sino cuántos clics de me gusta logran de su audiencia amorfa para conseguir notoriedad.
A Zuckerberg se han sumado los billonarios Elon Musk, Jeff Bezos, Bill Gates… que tienen los canales para condicionar o suplantar el poder político y económico. La intromisión tecnológica puede influir en las elecciones y condicionar la voluntad de masas desconcertadas. Y lo hacen al margen de leyes globales y nacionales.
El ciudadano-consumidor-seguidor ya no sigue necesariamente los canales de los partidos, sindicatos, medios y asociaciones, sino que espera respuestas inmediatas, cuantificables, a través de tendencias, viralidad y algoritmos. El pensamiento le viene dado.
La nueva realidad política no elimina la democracia representativa, pero la rodea de capas de mercado y de espectáculo mediático. El problema no es el espectacular avance tecnológico que da acceso a ricos y pobres, a derechas e izquierdas, sino quién puede controlar y manipular los relatos que inciden en la mente de las mayorías.
Ni George Orwell ni Aldous Huxley se imaginaron que los ministerios de la Verdad estarían en las máquinas y saldrían de las sociedades democráticas y no de las tiranías. Detrás no hay dictadores, sino unos jóvenes capitalistas que acaban hurgando en la intimidad entregada de los seres humanos para hacer con ella más negocios y tener más influencia. El antídoto es subirse al carro tecnológico y defender con los mismos medios las causas del progreso y la justicia desde la modernidad y la eficacia. La batalla solo ha empezado.
Publicado en La Vanguardia el 12 de febrero de 2026



