Alemania, motor europeo

19/12/2005
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El poder de persuasión y pertenencia de la Unión Europea no depende de las presidencias que van cambiando cada seis meses. Ni de los presupuestos tan ruidosamente aprobados cuando están en juego los intereses. Ni siquiera de las pugnas entre grandes y pequeños, nuevos y viejos, ricos y pobres, insulares o continentales.

El poder de persuasión de la Unión es el que exige a todos los miembros que acaten las mismas normas en un marco jurídico homogeneo en el ejercicio de los derechos y deberes. Monnet creó una máquina de alquimia política. Cada país perseguiría su interés nacional, pero una vez que los diferentes intereses nacionales se introdujeran en la caja negra de la integración, por el extremo opuesto aparecería un proyecto europeo.

No es tan fácil ni tan simple. Pero una mano invisible ha hecho que la Unión Europea sea un intento de construir una sociedad ordenada a partir del interés nacional de cada país.El año que termina ha sido complicado para la Unión. Objetivamente cabría calificarlo de muy negativo. Francia y Holanda votaron no a la Constitución. La presidencia británica fue inaugurada por un brillante discurso de Tony Blair en Bruselas pero la realidad de su mandato ha sido mediocre.

Han entrado diez nuevos estados, la mayoría de los cuales vivían hace quince años sin libertades y sujetos a economías que despreciaban el mercado. Armonizar los intereses de veinticinco estados con productos de interior brutos tan desiguales, como los seis mil dólares per cápita de Letonia hasta los más de cincuenta mil de Dinarmarca, según cifras del anuario “The Economist, The World in 2006”, no es fácil. Casi parece imposible.

A pesar de todo, a pesar de los contratiempos del año que termina, a pesar de las pugnas nacionales, la Unión Europea sigue adelante porque no es únicamente un proyecto económico sino un intento de hacer de Europa un lugar común de convivencia, de equilibrio social y un modelo de solidaridad entre naciones, con todas sus carencias y dificultades.

La aparición de Angela Merkel en el escenario político europeo puede contribuir a que el proyecto salga del pesimismo instalado en muchos gobiernos. Tanto de los de la vieja como de la nueva Europa. Se aprobó finalmente el presupuesto de 2007 a 2013. Y todos parecen satisfechos, incluso Tony Blair que tiene serios problemas para convencer a los británicos.

No sé lo que dará de sí la señora Merkel como canciller de un gobierno en el que sus adversarios políticos tienen tanta fuerza como ella en el seno del propio gabinete. Pero su presencia en la última cumbre europea ha roto los bloques de cemento que se habían construído alrededor del eje franco alemán como si no existiera otra alternativa europea que no pasara por Chirac y Schröder.

Angela Merkel ha conseguido reconstruir puentes caídos en las tensiones de los últimos dos años. En su conferencia de prensa dijo que trataba a todos los miembros de la Unión con el mismo respeto, ya fueran grandes o pequeños, ricos o pobres. Su mensaje fue que las mayorías simples son irrelevantes, lo que importa es crear un buen clima de entendimiento entre todos.

La canciller alemana representa al país que con más generosidad ha contribuido al éxito de la Europa actual. Ha sido contribuidor neto desde el comienzo. Y puede seguir siéndolo situándose en el centro de los intereses económicos y políticos de toda la Unión. Europa ha crecido y se ha consolidado superando las crisis. La última, la ampliación y el reparto del presupuesto, es la más compleja de todas. El futuro de Europa pasa por la generosidad y el agradecimiento de todos. Merkel sigue la senda de Kohl, Schmidt y Adenauer. De Mitterrand, de Giscard D’Estaign y de González.

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