El dolor de los demás, el nuestro

21/12/2005
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Resulta difícil escribir en caliente sobre el dolor de los demás. No se puede expresar en palabras. El dolor de los más cercanos a la mujer asesinada gratuitamente en el que era su refugio en un cajero automático de un barrio de clase media barcelonés.

El dolor de los padres de los asesinos. El dolor colectivo de una sociedad que se considera avanzada, progresista y humanista. Incluso me cuesta valorar el arrepentimiento de los jóvenes cuando han declarado que no pensaban ir tan lejos.

No pretendo sermonear sobre una tragedia humana a modo de reflexión navideña.

El mal circula libremente por todos los ámbitos personales y colectivos. Dostoievsky ha escrito páginas memorables sobre lo que pasa por la conciencia antes, durante y después de cometer un mal que afecte tan directamente al otro hasta el punto de eliminarlo físicamente.

Pero si el mal actúa con tanta impunidad y ligereza, también el bien sale a su encuentro y le planta cara, acaba ganándole, aunque los daños causados sean irreparables. Me ha impresionado de este crimen la gratuidad, incluso la aparente diversión de los asesinos, mientras cometían la barbaridad.

No vale el decir que los autores procedían de barrios marginales como los que asesinaron a los joyeros de Castelldefels. Ni que carecieran de la formación básica a la que tienen acceso todos los jóvenes.

Me da la impresión de que las leyes de educación, las ordenanzas sobre el civismo, los códigos de conducta por los que nos regimos, están fuera del registro real. La juventud no se educa con leyes sino con valores. Pero con valores que estén avalados por las conductas de los que sin ningún pudor nos dedicamos a decir lo que está bien y lo que está mal.

El valor del esfuerzo está desprestigiado. También el del respeto al otro, el de la libertad de los demás y el de la compasión. Hemos creado una juventud hiperprotegida. Estamos generando monstruos pensando que construimos genios. ¿Y si habláramos de una vez del efecto destructivo de las drogas?

Nada es nuevo. Nuestro Ayuntamiento dicta normas cívicas citando a indigentes y mendigos como si no fueran personas. Me cuesta aceptar que las autoridades municipales y autonómicas no dieran a conocer el asesinato hasta varias horas después de haberse perpetrado el crimen.

¿Por qué? Quizás porque no sabían qué decir en vísperas de la aprobación de la ordenanza municipal. O quizás por no hacer evidente que la responsabilidad es colectiva.

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