Raúl del Pozo en Londres

Raúl del Pozo vivió el comienzo de la transición como corresponsal del diario Pueblo en Londres.

Dominaba el lenguaje clásico y moderno. Escribía bien. Era el periodista del diario Pueblo destacado en Londres. Gobernaba el laborista Harold Wilson que se despidió con una célebre conferencia de prensa multitudinaria en el Westminster Hall. Su salida del poder todavía es un misterio.

Raúl del Pozo pasaba cada tarde por el despacho de Bouverie Street para charlar un rato con Pepe Meléndez de la agencia EFE y conmigo que tenía una mesa en las oficinas de la agencia United Press International.

Recuerdo los almuerzos con Manuel Fraga que cada dos semanas reunía a toda la prensa española acreditada en Londres. El embajador trabajaba para ocupar un espacio central en la política española cuando Franco agonizaba. Se despidió de la prensa en un almuerzo en el hotel Savoy en el que Raúl también estaba.

Eran tiempos de conspiraciones y de visitas de destacados miembros de la oposición a Franco que formaban la Junta Democrática. Raúl del Pozo enviaba crónicas a Pueblo y vivía en el barrio de Wimbledon de Londres. Se veía protagonista principal de la transición que vendría al morir Franco. Almorzamos un día con Santiago Carrillo, Vicente Gallego, Pepín Beneyto, Tristán la Rosa y otros miembros de la Junta. Invitaban a formar parte de aquella plataforma que se veía gobernando España en un futuro no lejano.

En un encuentro en la embajada, Raúl le preguntó al embajador Fraga si pensaba verse con Santiago Carrillo. Con su voz campanuda y rotunda dijo que a él «Carrillo le tocaba los cojones a cuatro manos». Luego coincidieron amistosamente en el Congreso de los Diputados.

El Raúl que traté y con el que hice amistad no era político sino el periodista que hacía gala de proceder de la serranía de Cuenca y que se movía por el mundo como en su aldea natal de Mariana. El corresponsal de Informaciones era Julián Martínez, también de Cuenca, de Vadillos, con el que hablaban con nostalgia de sus vivencias de infancia en la misma tierra áspera y labriega conquense.

Nuestro inglés era de principiantes pero sin complejos. Discutíamos, cenábamos y bebíamos. Arreglábamos el mundo. Recuerdo el día en que Raúl subió a mi despacho para avisarme que me esperaban, con Julián Martínez en el pub «El Vino» de Fleet Street. Tardé un largo rato. Cuando llegué había ya varias botellas vacías. Se abrieron otras dos. Gran ambiente. Al cerrar el local, eran las preceptivas once de la noche, andamos por el Strand, Charing Cross hasta llegar a Trafalgar Square.

Nos situamos al pie de la columna de Nelson increpando al almirante manco que luchó en Trafalgar envuelto en el lema patriótico de que «Inglaterra espera que cada cual cumpla con su deber». Un bobby respetuoso se acercó, no para echarnos en cara nuestros desvaríos, sino para pedirnos que no gritáramos. Seguimos, ya de madrugada, en dirección al Támesis y después cada uno a su casa.

Eran los tiempos agónicos del dictador y la efervescencia política que llegaba a Londres con enviados de todos los partidos. Se hacía política española y se enviaban crónicas de la deriva política del laborista Harold Wilson. Una pelea histórica entre Federico Abascal Gasset, corresponsal de La Vanguardia, y Raúl del Pozo formaba parte del memorial colectivo de los corresponsales de aquellos años en Londres.

Cenábamos todos muchas veces juntos. Para hablar del futuro de la política española. Antonio de Senillosa me confesó en un paseo por Regent’s Street que José María de Areilza sería presidente del gobierno y él ocuparía la cartera de Exteriores. El destino no lo permitió.

Raúl del Pozo era personaje ocurrente, mordaz, desenvuelto. Se movía por Londres como periodista de Pueblo. Hicimos aquellas amistades que han perdurado a lo largo de los años aunque nos hayamos visto relativamente poco. De vez en cuando hablábamos por teléfono. Buen viaje, amigo.

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