
La cuarta visita de Pedro Sánchez a China desde 2023 puede tener efectos positivos para España pero se aparta de la geopolítica de la Unión Europea. Foto de una anterior visita del presidente a Pekín.
Pedro Sánchez ha viajado a Pekín, la cuarta visita consecutiva que realiza a China desde 2023. Esta vez se trata de una visita oficial con banquetes presididos por el presidente Xi Jinping y por el primer ministro.
Si Pedro Sánchez ha levantado el banderín de enganche contra Donald Trump y contra Benjamin Netanyahu, ahora se convierte en el líder global que pretende aglutinar la izquierda planetaria. Al regresar de China, se reunirá en Barcelona con los líderes no alineados con el Washington de Trump. Se espera la presencia de Lula de Silva y de la presidenta mexicana Claudia Sheinbaum junto con más de treinta jefes de estado y de gobierno.
Sánchez ha alcanzado prestigio en la izquierda internacional. Es el presidente de la Internacional Socialista y el primer líder europeo que se ha plantado contra Trump y ha criticado sin reparos al gobierno de Netanyahu. Pero lo hace sin contar con Europa donde su impacto en las políticas de la UE en estos tiempos de convulsiones no es tan grande como la que tiene entre los dirigentes con los que se reunirá en Barcelona el próximo fin de semana.
No hay duda de que las buenas relaciones con China van a tener repercusiones positivas para España desde el punto de vista comercial y tecnológico. Pero una relación preferencial con Pekín indica que España apuesta por la carta china sin contar con el apoyo explicito de Europa y de Estados Unidos. El cambio es sustancial y va a tener consecuencias a medio y a largo plazo.
Helmut Schmidt sostenía que Estados Unidos eran el aliado más poderoso de Alemania pero Francia era el aliado más cercano. Europa necesita urgentemente recomponer el actual desconcierto sin caer en un anti americanismo barato porque Trump es sólo el presidente de Estados Unidos que en dos años ya no estará en la Casa Blanca. La política exterior funciona con los focos largos.
Sánchez puede obtener réditos electorales a corto plazo. Incluso puede seguir gobernando después de las elecciones de 2027. Pero habrá que ver si tiene fuerza por sí mismo para presidir un gobierno con los socios que le han investido.
Aznar jugó la carta norteamericana con Bush al margen de Francia y Alemania. Se alió con Toni Blair creando el concepto de la vieja y la nueva Europa. Sánchez puede caer en la tentación de establecer unas relaciones especiales con China sin tener en cuenta a los socios europeos.
Sin Europa no se llegará muy lejos. Adenauer y De Gaulle fueron los primeros en sellar una paz duradera entre dos países que se habían batido tres veces en guerra en un espacio de ochenta años. Giscard D’Estaign y Helmut Schmidt siguieron el proceso mientras Alemania se fortalecía económicamente y daba el protagonismo político a París. El francés era de derechas y el alemán socialdemócrata.
Dos personajes tan distintos como Helmut Kohl y François Mitterrand fueron los que lideraron los acuerdos de Maastricht que se concretaron en el euro. Incluso dos personalidades tan distintas y tan contradictorias como Angela Merkel y Nicolas Sarkozy terminaron poniéndose de acuerdo para salvar el euro y crear un sistema de garantías de la estabilidad fiscal.
Una mayoría importante de españoles detesta a Trump y a Netanyahu. Tampoco quiere la guerra que ha iniciado Estados Unidos e Israel contra Irán. La gente quiere la paz. Pero aprovechar un sentimiento general para cambiar las prioridades de la política exterior española puede ser un error que tenga consecuencias negativas a medio y largo plazo.



