Un europeísta vocacional

Moncho González Cabezas (1950-2026) fue un periodista moderno y curioso, siempre atento a las corrientes sociales que cambian el curso de la historia. Vivió con pasion los cambios politicos y sociales de la transición desde Barcelona, Madrid y París.

El comienzo de la transición produjo un plantel de periodistas que contribuyeron decididamente al asentamiento de la democracia en España. José Ramón (Moncho) González Cabezas fue uno de ellos. Entró en La Vanguardia en 1974 de la mano del director Horacio Sáenz Guerrero y se ocupó de la información local en una Barcelona que vivía la tensión periodística de un régimen que se deshilachaba por la fragilidad física de Franco y el agotamiento de una dictadura inviable. El cambio político estaba en el ambiente de las redacciones.

Moncho había nacido en A Coruña, pasó tres años en Vevey (Suiza), sede de Nestlé, donde trabajaba su padre, y al asentarse la familia en Barcelona, estudió periodismo. A los 24 años empezó a entrar y salir por aquella puerta giratoria de La Vanguardia de la calle Pelai y se dedicó a lo que en el argot periodístico entendíamos como “hacer calle”, la mejor escuela para pulsar la realidad de las cosas y de sus gentes. Reportajes y entrevistas sobre lo qué pasaba, sobre cómo respiraba la opinión publica y hacia dónde nos dirigíamos.

Los acontecimientos se aceleraron periodísticamente. Moncho era un profesional que, seguramente sin saberlo, respondía a la definición que escribió un director de The Times de Londres cuando dijo que un periodista ha de estar abierto a todos los puntos de vista, lo que no significa que sea indiferente a todas las actitudes.

Si tuviera que definir la figura de Moncho, diría que era un periodista honesto que sabía situar los acontecimientos al nivel de los códigos éticos que son norma general en todas las profesiones.

Siendo miembro de la junta del Col·legi de Periodistes recibió el encargo de redactar un documento inicial del código deontológico del Col·legi y preparó el documento durante varios meses, consultando, entre otros, con su colega Salvador Alsius y otros compañeros de la junta. La vertiente ética de la profesión le preocupaba.

En su etapa como redactor de política catalana solía firmar con el pseudónimo Tabelión un billete corto y audaz sobre la actualidad política del momento cuando Jordi Pujol empezaba su singladura como president. En aquel núcleo de periodistas jóvenes estaban Margarita Sáenz Díaz, Albert Viladot, Vladimir de Semir y los que directa o indirectamente informaban sobre la política catalana.

Vivió el golpe del 23-F desde la redacción y me dice un colega suyo en aquel momento que se cayó de la silla cuando vio por la tele que el coronel Tejero empezaba a disparar en el Congreso. Fue una noche tensa que Moncho vivió al lado de Jaime Arias y del director.

En su etapa como delegado de La Vanguardia en Madrid vivió el espectacular cambio que se produjo con la victoria de los socialistas en noviembre de 1982 por una mayoría absoluta. Sus crónicas eran equilibradas y contrastadas. Moncho era europeísta y vivía con pasión el camino hacia la integración de España en lo que hoy es la Unión Europea, que se produciría en 1986, ahora va a hacer 40 años.

Uno de sus viajes más memorables fue seguir al presidente Felipe González a Washington para entrevistarse con el presidente Ronald Reagan. Habíamos hablado de cómo aquella visita realizada el 21 de junio de 1983 cambió la política exterior del gobierno socialista. González llegó a la Casa Blanca con el emblema de “OTAN, de entrada, no” y regresó como atlantista con la promesa de la celebración de un referéndum en 1986 en el que el pueblo español se pronunció por el sí con un 52,5% y por el no con un 39,8%. Aquel viaje significó el comienzo de un trayecto en el que España entraría en la Comunidad Económica Europea y en las instituciones internacionales de las que había estado alejada durante siglos.

El europeísmo de Moncho siguió firme cuando fue nom­brado subdirector del diario y más aún cuando fue corresponsal de La Vanguardia en París a partir del año 2000 por una decisión explícita del editor Javier Godó. Vivía delante de la Fundación Pompidou, cerca del mercado de Les Halles, y su casa era un lugar de paso para muchos colegas y amigos de Barcelona y otros corresponsales europeos. Paseamos por las orillas del ­Sena el día en que el Barça ganó la Champions el 17 de mayo del 2006.

Le apasionaba la política y era un lector de libros de historia de Catalunya, de España y de Europa. Se daba cuenta del significado de los hechos que cambiaban el rumbo del mundo. El 11 de septiembre del 2001 me llamó para intercambiar opiniones sobre los ataques yihadistas a los símbolos más emblemáticos de la democracia norteamericana al ver en directo cómo se derrumbaban las Torres Gemelas y el Pentágono era atacado por el terrorismo internacional que se había infiltrado en Estados Unidos.

Era un hombre moderno y curioso, siempre atento a las corrientes sociales que cambian el curso de la historia. Su ironía y su sentido del humor eran apreciables. Sin levantar nunca la voz se hacía escuchar. Gallego de nacimiento, tenía una especial predilección por Asturias, donde muchos años pasó las vacaciones de verano.

Pero sus raíces estaban en Catalunya y su casa siempre estuvo en Barcelona. Moncho ha sido uno de esos personajes que pasan por la vida haciendo el trabajo de cien y el ruido de dos. Hombre de conversación y reflexión. Un periodista que supo estar a la altura de su tiempo.

Obituario publicado en La Vanguardia del 18 de enero de 2026 al que fue un gran profesional y un amigo entrañable. 

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