
Cuando se aclaren las relaciones entre Trump y Putin se entenderán las turbulencias de las guerras que están marcando el segundo mandato del presidente norteamericano. (Alexander Kazakov / Ap-LaPresse)
Hay motivos para pensar que el ambiente guerrero y la pugna por aumentar los presupuestos de defensa indican que buena parte del mundo se está preparando para una guerra de dimensiones apocalípticas.
No se habla de crear sociedades más justas, sino de promover la fuerza de los estados que ya son los más poderosos. Se combate por el poder, el dinero y la tecnología, una tríada a la que hay que añadir la eterna ambición de poseer la tierra del otro.
Las guerras que se libran en Oriente Medio y en Ucrania son también guerras para preservar la civilización o el canon cultural occidental. Con China pueden producirse guerras comerciales, económicas o tecnológicas, pero es impensable una confrontación armada basada en la conquista de tierras, la ocupación de ciudades o la imposición de ideas o culturas.
China ya ha entrado en nuestras vidas, ya sea por la sospecha de que la covid nació en uno de sus laboratorios avanzados o por la invasión de sus productos que utilizamos en el vestir, en la automoción o en cualquier tienda de la esquina en la que se puede encontrar desde una aguja, una radio o un paraguas hasta una camiseta del Barça. Los chinos del barrio ofrecen casi todo lo que se necesita.
El libro de Emmanuel Carrère Koljós (Anagrama) es una historia de las relaciones entre madre e hijo sobre su visión de Rusia y sus vivencias políticas y culturales respecto a Europa. Es la historia de una madre célebre, Helène Carrère d’Encausse, al presagiar en los años ochenta la impensable descomposición de la Unión Soviética, y la de su hijo Emmanuel, que describe los efectos del desmoronamiento del régimen comunista y la aparición de Vladímir Putin como un nuevo zar, astuto y fuerte, que les dice a sus compatriotas que “el comunismo cometió excesos pero fue algo grandioso de lo que no tenéis que avergonzaros”.
Carrère atribuye a Putin una sentencia que es demasiado elaborada para ser suya: “Quien quiera restaurar el comunismo no tiene cabeza. Quien lo eche de menos no tiene corazón”.
Trump puede tener desprecio por Europa, pero es más fruto de la ignorancia que del enfrentamiento cultural entre Estados Unidos y los pueblos europeos. Putin es hijo de una pugna identitaria interna que viene de los tiempos de antes de Pedro el Grande (1672-1725), entre los occidentalistas y los eslavófilos.
Por un lado están los que quieren arrimar a Rusia a Occidente, a la Ilustración y al progreso, como demuestran la correspondencia entre la zarina Catalina II con Diderot o la amistad entre Turguénev y Flaubert. En otro bando están los que creen en una Rusia mística, asiática, reafirmada en contra de los valores racionales y frívolos de Occidente. Se desarrolló el concepto confuso de la Tercera Roma, que seguía a la Roma imperial y a la Constantinopla bizantina. Dostoievski y Soljenitsin estarían en este grupo.
Esta tesis fue desarrollada ampliamente por Orlando Figes en su gran libro Los europeos, en el que estudia el canon occidental europeo y en el que constan Delacroix, Berlioz, Liszt, Chaikovski, Cervantes, Shakespeare, Chopin, Goethe, Pasternak...
Putin no quiere una Rusia europeizada porque entiende que la “desintegración de la Unión Soviética fue la mayor catástrofe geopolítica del siglo XX”. Cuando se hundió el sistema soviético, Putin era un oficial del KGB que trabajaba en Dresde, entonces en la Alemania Oriental.
La Rusia que Carrère observa en Koljós es más eslavófila que occidentalista. El discurso de Putin recupera la idea de los valores propios, la que echa a cuantos quieran invadirla, la que tiene una civilización singular, la que conserva las esencias de la Tercera Roma con un papel importante reservado para la Iglesia ortodoxa.
Cuando se aclare la misteriosa relación entre Putin y Trump se entenderán muchas cosas. Pero ese respeto mutuo entre los dos presidentes no tiene nada que ver con la batalla cultural y política contra Europa y contra Occidente. En este contexto, Ucrania es más que un espacio de confrontación. Es una frontera simbólica que para los ucranianos traza el horizonte de libertades y derechos, mientras que para Putin es una amenaza estratégica y cultural.
Publicado en La Vanguardia el 8 de abril de 2026



