
Carlos III habló ante las dos cámaras del Congreso en Washington con un discurso muy elaborado en el que con notas de humor e ironías criticó medidas políticas de Trump.
Carlos III levantó sonrisas ante las dos cámaras del Congreso reunidas en Washington para escuchar su discurso. Fue un parlamento con expresiones medidas, ironías sutiles y en voz baja.
Las relaciones entre el presidente Trump y el primer ministro británico, Keir Starmer, pasan por momentos bajos. Trump ha criticado a todos los políticos europeos que no le han seguido en la guerra contra Irán, de la que no sabe cómo salir.
Curiosamente, lo que la mayoría de políticos europeos no se han atrevido a decir a Trump se lo recriminó el rey Carlos III delante de las dos cámaras del Congreso. Con suavidad y con el acento elitista. Tiene un gran control de sus manos, que esconde fugazmente en los bolsillos de la chaqueta o en las del chaleco. Un rey profesional frente a un aspirante a rey de cartón, un simple Trump.
Son gestos heredados, casi escenográficos, que conectan con una idea de continuidad histórica. El estilo se puede aprender, pero también profesionalizar. El mensaje llegó sin palabras gruesas y con insinuaciones irónicas que desmontaron la visión que tiene Trump de Europa, de los aliados de la OTAN, del ejercicio del poder ejecutivo, que tiene que estar sometido a los controles y equilibrios de los poderes judicial y legislativo.
Sin señalar a nadie, el rey introdujo Ucrania en la sala con la sutileza de quien coloca una pieza en el tablero sin hacer ruido. Las pequeñas dosis de humor no trivializaban el mensaje, sino que lo hacían digerible por su crítica de fondo a las actuaciones groseras y personales de Trump.
Hizo una defensa de la OTAN y recordó que, en los atentados del 11 de septiembre del 2001, la Alianza se puso al servicio de Estados Unidos. Trump dijo que si su país no hubiera venido a rescatar a Europa, en Suiza hablarían alemán. De hecho, una mayoría de suizos lo han hablado siempre. Y si no fuera por Inglaterra, deslizó el rey, ustedes hablarían francés (risas).
Fue un ejercicio de diplomacia en estado puro en un momento de fuertes fricciones transatlánticas. Sin griterío, sin consignas, sin esa ansiedad de muchos políticos en arrancar un titular con un insulto. La palabra oportuna y los gestos adecuados, la diplomacia, acaba siendo la carta ganadora aunque en algún momento pueden imponerse la fuerza y la barbarie.
Publicado en La Vanguardia el 30 de abril de 2026



