Son de aquí pero también de allí

Las investigaciones norteamericanas sobre el origen y captación de los kamikazes japoneses que se sacrificaron en Pearl Harbour y provocaron la entrada de Estados Unidos en la guerra, dan cuenta de que aquellos pilotos suicidas eran volutnarios.

Gozaban de privilegios muy superiores a los ciudadanos japoneses. Desde su elección eran considerados héroes y estaban adiestrados duramente para llevar a cabo sus misiones. Si después de entrar en ese circuito de la muerte se echaban atrás eran fusilados por traidores.

Japón no podía medirse con la superioridad norteamericana y las autoridades optaron por reclutar a varios miles de pilotos suicidas con la idea de que sólo con acciones desesperadas podrían compensar las diferencias bélicas con el que estaba llamado a ser su rival.Antes de partir hacia su acción suicida hacían una reverencia en dirección a Tokio donde residía el emperador, la divinidad encarnada por la cual los jóvenes se sacrificaban por patriotismo.

La inmolación por una idea, por una patria o por una religión, no es fenómeno nuevo. Lo que sí es nuevo es que esta práctica se ejecute casi simultáneamente en Palestina, Bagdad, Londres o Chechenia en nombre de una causa que tiene en común una interpretación del Islam y el desprecio por no decir el odio a una cultura que en nuestro caso es la occidental.

Los suicidas se han sacrificado en contra de la presencia de tropas extranjeras en Iraq o en Chechenia pero sobre todo por negarse a aceptar las consecuencias de la implantación de la cultura occidental en sus tierras o en otras partes. Se inmolan matando a rusos, a israelíes, a iraquíes considerados colaboracionistas o simplemente a ciudadanos anónimos que viajan un jueves por la mañana por el metro y los autobuses de Londres.

Iraq arroja el tenebroso saldo de unos setecientos muertos mensuales, muchos de ellos a consecuencia de acciones suicidas. Es bueno preguntarse y alarmarse cuando las inmolaciones se registran en Londres o Grozny. Entendemos que es un ataque frontal contra nuestra libertad y nuestros valores. Pero es igualmente horroroso cuando un suicida coloca su coche debajo de un camión cargado de combustible y mata a casi cien personas como ocurrió en Iraq este fin de semana. El hecho es más repugnante cuando son varias docenas de niños iraquíes los que mueren como consecuencia de la inmolación de otro iraquí.

Leyendo tantos anális de la prensa europea y americana estos días se observa el desconcierto occidental ante este fenómeno de muerte indiscriminada producido por jóvenes que se entregan al martirio. Occidente puede tener la más moderna y poderosa organización militar.

Pero esos jóvenes llevan en su mente y en su cuerpo una bomba atómica que puede producir tanta devastación como la de la aviación más moderna y sofisticada.

No estamos ante un mero desequilibrio de fuerzas sino más bien ante un desencuentro de ideas y de valores que una minoría de musulmanes no quieren superar. La “jihad”, la guerra santa, no afecta sólo a territorios conflictivos en Oriente Medio o en Asia Central. Ha llegado a Europa de forma sangrienta.

Y la perpetran ciudadanos europeos que han nacido aquí, que trabajan aquí y que se han educado aquí acogidos al multiculturalismo y sin necesidad de integrarse plenamente. Se revelan violentamente contra la sociedad secular en nombre de su identidad religiosa y se aferran a sus tradiciones aborreciendo la modernidad europea que la encuentran perniciosa. Esta minoría de musulmanes son de aquí pero también son de otro sitio. Y escuchan la voz de gentes venidas de fuera que les llevan a la muerte.