
Las nuevas técnicas de la guerra dan más fuerza a los frágiles y hacen más vulnerables a los poderosos. La guerra de Trump y Netanyahu contra Irán está cargada de incertidumbre.
Los planes militares que no dejan un espacio a las improvisaciones pueden conducir al desastre. Es un consejo del militar prusiano Carl von Clausewitz que no tuvieron en cuenta los ejércitos alemanes en las dos guerras mundiales del siglo XX, ni Vladímir Putin al invadir Ucrania en el 2022, y tampoco Donald Trump y Beniamin Netanyahu al decidir la ejecución de Ali Jamenei y la cúpula religiosa y militar que le acompañaba el sábado 28 de febrero en un escondrijo de Teherán que conocían bien los servicios de inteligencia de Jerusalén y Washington.
Putin lleva cuatro años embarrado en Ucrania al no prever la resistencia de un país a ser invadido por una nación cultural y sociológicamente tan cercana a la vieja Rusia. Donald Trump se envalentonó con la facilidad y la precisión con que se perpetró la captura de Nicolás Maduro y su traslado a un tribunal penal de Nueva York. La fórmula Delcy Rodríguez está en periodo de pruebas. Lo importante es el petróleo y los negocios.
Lo que ha demostrado la operación Venezuela y los diez días de guerra contra Irán es la hegemonía de los servicios de inteligencia de Israel y Estados Unidos. A pesar de las destructivas acciones militares y la superioridad aérea conjunta es improbable que Trump y Netanyahu ganen la guerra sin invadir el país y con la indiferencia de los iraníes. Trump se ha emborrachado de fuerza y ha olvidado el derecho y las derivadas de las realidades nacionales.
Occidente no ha ganado ninguna guerra en Oriente desde la descomposición del imperio otomano al término de la Gran Guerra (1914-1918). Y las que ha ganado Israel, que han sido casi todas, no se han saldado con tratados duraderos de paz. Conquistar un país o destruirlo desde el aire es relativamente fácil. Depende de quién tenga más fuerza.
Pero el dogma de que la superioridad tecnológica de los ejércitos permite asegurar la victoria con menos tropas ya no rige. Fracasó en Irak, Afganistán, Siria y Libia. Ni siquiera Israel puede proclamar que ha vencido a Hamas en Gaza o Hizbulah en Líbano pese a su apabullante superioridad tecnológica. Escribe Shlomo Ben Ami que en el norte de Israel cayeron en 33 días más misiles y cohetes que en Gran Bretaña durante toda la Segunda Guerra Mundial. Y Hizbulah sigue ahí.
La simplista idea clausewitziana de que la acción militar termina conduciendo a la solución política ya no es vigente. La victoria no supone la paz, sencillamente porque las guerras dejan cicatrices imborrables. Y si tienen raíces étnicas, religiosas o históricas, todavía es más complicado convivir después.
Trump y Netanyahu tienen capacidad para arrasar Teherán y destruir las instalaciones militares. Pero no eliminarán la antigua Persia, una de las potencias culturales y estratégicas de Oriente desde los tiempos bíblicos.
Ya no se trata de guerras para democratizar o liberar a pueblos oprimidos. Es cuestión de obtener y dominar materias primas para mantener la hegemonía global. Para ello hay que entrar y controlar un país. Permanecer en el territorio atacado durante un periodo de tiempo prolongado ya no se considera una victoria sino un fracaso difícil de corregir. La retórica triunfalista de Trump demuestra tanta ignorancia como falta de estrategia.
El Irán que nació de la revolución jomeinista de 1979 es incompatible con el modo de vida occidental. La confrontación con Estados Unidos y Europa ha durado más de cuarenta años. El terrorismo nacido de aquella revolución ha causado miles de muertos en Occidente desde entonces. Pero a todo genio militar le llega su Waterloo. Tolstói critica en Guerra y paz la tendencia de los historiadores a atribuir las victorias o derrotas a figuras como Napoleón. En su relato de la campaña de 1812 en Rusia sugiere una serie de factores acumulados adversos como el clima, la resistencia del pueblo ruso, los errores logísticos y el desgaste progresivo de los invasores. Que Trump sea el comandante en jefe en contra de Irán intranquiliza a los militares, a los aliados, a los gobiernos y a los mercados.
Publicado en La Vanguardia el 11 de marzo de 2026




Hace unos años leí en uno de sus artículos la recomendación de leer a Todorov. Lo hice y aprendí mucho con rl libro Los enemigos íntimos dela democracia. En este libro Todorov decía que no se puede implantar la democracia con acciones bélicas y ponía el ejemplo de Líbia entre otros.
Hay evidencias de que el objetivo no es la democracia y menos una que ponga en manos de los pueblos sus recursos y su soberanía económica. Entonces, de que se trata todo. La humanidad es un caos que no sabemos resolver. No se buscan soluciones sensatas ni dentro de los países ni entre ellos.
Saludos