Los miles de húngaros que transitaban a orillas del Danubio en Budapest, al lado del majestuoso edificio del Parlamento, no festejaban solo una victoria electoral sino el inicio de una nueva era de Hungría respecto a Europa, a Rusia y a Estados Unidos.
Peter Magyar ha obtenido una rotunda victoria sobre Víktor Orbán, el primer ministro durante 16 años, una piedra en el zapato de las instituciones de Bruselas, un confidente de Putin y de Trump, que representaba los intereses de la mayoría de partidos iliberales y de extrema derecha de Europa.
Trump y Putin estaban empeñados en un nuevo triunfo de Orbán. Los rusos lo hacían bajo mano y Estados Unidos enviaron al vicepresidente Vance a hacer campaña a cuatro días de las elecciones.
Magyar no podrá cambiar el régimen de Orbán en cuatro días. Pero se ha declarado partidario de la Unión Europea y de la OTAN. Hungría, patria de Listz, Béla Bartók y Sandor Marai, ha dado un giro notable y dejará de ser el centro político de muchos movimientos de extrema derecha de Europa y otras partes del mundo. El cambio ha desconcertado a Trump y a Putin.
La historia moderna de Hungría está marcada por una herida que, más de un siglo después, sigue latiendo en su identidad colectiva: el Tratado de Trianon. Firmado en 1920 tras la Primera Guerra Mundial, este acuerdo no solo redefinió las fronteras del país, sino que alteró profundamente su conciencia nacional. Hungría perdió dos tercios de su territorio y millones de húngaros quedaron fuera de sus nuevas fronteras, en países vecinos o repartidos por el ancho mundo.
Hungría es un país antiquísimo que fue fundado el año 1000 por el rey Esteban. Durante siglos fue una potencia en Europa Central. Tras la expulsión de los otomanos, Hungría quedó bajo el control de los Habsburgo, integrándose más tarde en el Imperio austrohúngaro. No se encontró cómoda y consiguió una cierta autonomía con la monarquía dual que tenía dos sedes oficiales, en Viena y en Budapest.
La posguerra trajo consigo la integración forzada en la órbita de la Unión Soviética. Durante más de cuatro décadas, Hungría vivió bajo un régimen comunista que, si bien evolucionó hacia una versión más flexible conocida como “comunismo goulash”, no estuvo exento de tensiones.
La más dramática fue la revolución de 1956, liderada por Imre Nagy, que fue brutalmente reprimida por las tropas soviéticas al mando de Jruschov.
El final de la Guerra Fría permitió a Hungría reinventarse. En 1989, el país inició una transición pacífica hacia la democracia y, en los años siguientes, se integró en las principales estructuras occidentales. Ingresó en la Unión Europea en 2004.
A partir de 2010, el gobierno de Orbán se fue apartando de los valores europeos iniciando un periodo de control de las instituciones, medios de comunicación y sistema judicial. Su deslealtad a la Europa de Bruselas llegó al punto que lo que se trataba en las instituciones europeas era trasladado prácticamente en tiempo real al Kremlin. Construyó un sistema autoritario.
El nuevo líder, Péter Magyar, ha prometido normalizar las relaciones con la Unión Europea y ser miembro fiable de la OTAN, si esa institución creada en 1948 va a significar mucho a juzgar por las intenciones disgregadoras expresadas por el presidente Trump.
El cambio en Hungría comporta también que Europa tiene capacidad de defenderse frente a los ataques constantes de Putin y el desprecio de Trump. Y también ha demostrado que un sistema autoritario y corrupto puede ser echado por las urnas.





Siempre resulta tentador adelantar conclusiones cuando coinciden con los propios deseos. Sin embargo, las urnas suelen ser menos categóricas de lo que algunos relatos sugieren: entre el resultado y su interpretación media, a veces, un trecho considerable.