
Sir Keir Starmer, primer ministro del Reino Unido, dimite al no disponer del apoyo mayoritario de sus diputados laboristas. El Brexit de 2016 se ha llevado por delante a seis primeros ministros. El ex alcalde de Manchester, Andy Burnham, le puede suceder.
Los resultados iban llegando en la madrugada del día de san Juan de 2016. Estábamos en la mítica Fleet Street tabulando las votaciones que procedían de todos los rincones del reino. Cuando se confirmó que el 51,9 % de los votantes había optado por abandonar la Unión Europea, la sorpresa fue inmensa. A media mañana, aparecía el primer ministro, David Cameron, para anunciar que dimitía de su cargo por haber convocado un referéndum que perdió.
Con Cameron empezó todo. No se puede jugar con los temas que dividen radicalmente un país. Durante meses, la campaña había fracturado familias, amistades, regiones y partidos políticos. Lo que muchos consideraban una apuesta táctica para resolver tensiones internas del Partido Conservador estaba a punto de convertirse en uno de los acontecimientos políticos más relevantes de la historia británica reciente.
Los mercados reaccionaron con nerviosismo, la libra esterlina cayó con fuerza y la incertidumbre se instaló en el corazón de la política británica. El Brexit no solo había alterado la relación del Reino Unido con Europa sino también había desencadenado una crisis de liderazgo que marcaría la siguiente década.
La sucesora de Cameron fue Theresa May, una política prudente que había apoyado discretamente la permanencia. Al asumir el cargo, lanzó una frase destinada a transmitir determinación: “Brexit significa Brexit”. Sin embargo, detrás de aquella aparente claridad se escondía una pregunta que nadie podía responder con facilidad: ¿qué tipo de Brexit?
Las negociaciones con Bruselas resultaron mucho más complejas de lo que muchos defensores de la salida habían prometido. El problema de la frontera irlandesa, los derechos de los ciudadanos europeos residentes en el Reino Unido y las futuras relaciones comerciales generaron interminables debates. Mientras tanto, el Partido Conservador se dividía entre quienes deseaban una ruptura radical con la Unión Europea y quienes preferían mantener vínculos estrechos. De aquella decisión errónea nació la extrema derecha británica, antieuropeísta, nacionalista y aislacionista. Muchos pensaban, y todavía piensan, que el imperio seguía, aunque de otra manera.
May intentó reforzar su posición convocando elecciones anticipadas en 2017. La apuesta salió mal. Los conservadores perdieron la mayoría absoluta y quedaron dependientes del apoyo de un pequeño partido norirlandés. Aquella decisión debilitó a la primera ministra en el momento en que más necesitaba autoridad.
Durante los dos años siguientes, Westminster vivió una sucesión de derrotas parlamentarias sin precedentes. Los acuerdos negociados por May con la Unión Europea fueron rechazados una y otra vez por diputados de distintos sectores. Algunos los consideraban demasiado blandos; otros, demasiado duros. El Brexit se había convertido en un laberinto político del que parecía imposible escapar.
Finalmente, en 2019, Theresa May reconoció la realidad. Había sobrevivido a una moción de confianza de sus propios compañeros de partido, pero había perdido la capacidad de gobernar. Con voz quebrada, anunció su dimisión frente al número 10 de Downing Street. El Brexit se cobraba su segunda víctima política. También en el día de hoy se le soltaron las lágrimas a Keir Starmer al concluir su discurso de despedida de Downing Street.
La llegada de Boris Johnson representó un cambio radical de estilo. Carismático, estrafalario, polémico y dispuesto a asumir riesgos, Johnson prometió ejecutar el Brexit “cueste lo que cueste”. Su mensaje era simple y directo: el país estaba cansado del bloqueo político y necesitaba una resolución definitiva.

David Cameron y su esposa aparecen en el 10 de Downing Street para anunciar la dimisión de primer ministro tras perder el referéndum del Brexit en junio de 2016. Con él empezó todo.
A finales de 2019 convocó elecciones generales. La campaña giró casi exclusivamente en torno a una consigna: “Get Brexit Done” (“Hagamos el Brexit”). Los conservadores obtuvieron una amplia victoria y conquistaron numerosos escaños en antiguas zonas industriales que tradicionalmente habían apoyado al Partido Laborista. Para muchos votantes, el Brexit se había convertido en una cuestión de identidad y de confianza en las instituciones.
El 31 de enero de 2020 el Reino Unido abandonó oficialmente la Unión Europea. Sin embargo, el acontecimiento que durante años había dominado la vida política británica coincidió con otro desafío inesperado: la pandemia de COVID-19. La atención pública se desplazó rápidamente hacia la emergencia sanitaria.
Aunque Johnson había logrado culminar la salida formal de la Unión Europea, las consecuencias políticas del Brexit seguían presentes. Persistían las discusiones sobre los acuerdos comerciales, la situación de Irlanda del Norte y el impacto económico de la nueva relación con el continente.
Con el tiempo, Johnson comenzó a enfrentarse a problemas distintos. Las revelaciones sobre fiestas celebradas en Downing Street durante las restricciones por la pandemia dañaron gravemente su credibilidad. Muchos diputados conservadores concluyeron que se había convertido en una carga electoral. En julio de 2022, tras una cascada de dimisiones ministeriales, Johnson anunció su renuncia. Había conseguido el Brexit que prometió, pero no logró sobrevivir a las tensiones que caracterizaron su mandato.
La siguiente líder conservadora fue Liz Truss. Su llegada estuvo acompañada de promesas de crecimiento económico acelerado y de una agenda inspirada en el liberalismo económico más agresivo. Sin embargo, su famoso “mini-presupuesto” provocó turbulencias financieras inmediatas. Los mercados reaccionaron con alarma y la confianza en el gobierno se evaporó en cuestión de semanas.
Aunque la crisis de Truss no fue causada directamente por el Brexit, se desarrolló en un contexto profundamente moldeado por él. El Partido Conservador seguía dividido, la economía afrontaba nuevos desafíos y la paciencia de los diputados era limitada. Truss dimitió tras apenas cuarenta y nueve días en el cargo, convirtiéndose en la primera ministra más breve de la historia británica.
Rishi Sunak, el hombre más rico del país, asumió entonces la tarea de restaurar la estabilidad. Su gobierno buscó reducir las tensiones con Bruselas y proyectar una imagen de gestión responsable. Sin embargo, el desgaste acumulado por años de conflictos internos, cambios de liderazgo y dificultades económicas terminó pasando factura. En las elecciones generales de 2024, los conservadores sufrieron una derrota contundente frente al Partido Laborista liderado por Keir Starmer.
Mirando hacia atrás, resulta evidente que el Brexit fue mucho más que una decisión sobre la pertenencia a la Unión Europea. Se convirtió en una fuerza transformadora que alteró el sistema político británico, redefinió alianzas electorales y puso a prueba la cohesión de los partidos tradicionales. Desde la caída de David Cameron hasta las dimisiones de Theresa May, Boris Johnson y Liz Truss, el Brexit actuó como una corriente subterránea que condicionó cada etapa de la política nacional.
Una década después del referéndum, las opiniones sobre el Brexit siguen divididas. Algunos lo consideran una recuperación de la soberanía nacional; otros lo ven como un error histórico. Pero hay un hecho difícil de discutir: pocas decisiones han tenido un impacto tan profundo y duradero sobre la vida política británica contemporánea. Lo que comenzó como un referéndum terminó convirtiéndose en una larga crónica de incertidumbre, ambición, divisiones y cambios de liderazgo, una historia en la que el Brexit fue siempre mucho más que el tema de fondo.
Las formas se han conservado en medio de tempestades turbulentas. Pero el país ha perdido un 8 por ciento del PIB desde el Brexit. Una mayoría de británicos admiten el error y piden volver a Europa. De hecho, ya han vuelto. La segunda victoria de Trump en Estados Unidos les ha hecho ver que no se pueden fiar de un aliado desnortado y ególatra como el presidente norteamericano.
Starmer tenía una mayoría aplastante. Pero no supo unir a un partido para enderezar los entuertos en materias sociales, económicas y políticas que han dejado al Reino Unido en un espléndido y peligroso aislamiento.




Brillante columna. Precisamente por su nivel, no necesitaba el pequeño ‘pellizco’ final a Trump; el resto del artículo ya sostenía perfectamente la tesis.
La perfeccion no existe Juanjo.
Los pequeños detalles producen la perfeccion. La perfeccion no es ningun detalle.
El Sr. Foix es humano.