
El giro de la política de Pedro Sánchez con Marruecos especto a la posición del Sahara ha genido gran importancia y no se ha explicado en el Congreso. La política exterior puede ser determinante en las próximas elecciones generales.Una foto histórica de la reunión entre Pedro Sánchez y el rey Mohamed VI
Pedro Sánchez es el presidente europeo más longevo después de Emmanuel Macron, que ejerce el cargo de presidente de Francia desde mayo del 2017. El presidente español tiene que someterse a las urnas dentro de unos meses y su colega francés abandonará el cargo por imperativo legal.
Sánchez ha gobernado desde el 2023 sin haber ganado las elecciones, pero consiguió el apoyo de fuerzas dispersas que le permitieron proclamarse presidente en la sesión de investidura. Sánchez ostenta el cargo legal y legítimamente.
Su debilidad política no le viene solo de una mayoría que ya no tiene. Las leyes importantes son derribadas en el Congreso porque no pasan el cedazo de los nacionalistas de Junts y PNV o de la izquierda de Podemos. No hay ni habrá presupuestos ni debates sustanciales en el Congreso porque el Gobierno los perdería de antemano.
La astucia, el maquiavelismo y los trapicheos para satisfacer a los que fueron sus socios de investidura ya no dan más de sí y las urnas dirán si una mayoría holgada de PP y Vox abrirá un nuevo ciclo derechista en España, tal como señalan los sondeos. Pero cuidado con los derrapes de la última semana en las elecciones generales. Las encuestas las carga el diablo.
Siendo este uno de los puntos que deberían preocupar más al electorado, la política exterior de Sánchez tendrá un papel determinante en las elecciones del 2027. España no está aislada, pero el presidente del Gobierno ha conseguido tener demasiadas discrepancias simultáneas con actores con gran peso en el ámbito económico y político globales.
La invasión de Ceuta por decenas de miles de jóvenes marroquíes no es una simple cuestión fronteriza, sino un aviso por parte del rey Mohamed VI, con quien Pedro Sánchez pactó la entrega del Sáhara abandonando a cientos de miles de saharauis, que tenían el apoyo de los gobiernos españoles desde la marcha verde.
Este giro espectacular con Marruecos no pasó por el Congreso. La apuesta de Sánchez por Marruecos puede haber mejorado las relaciones bilaterales, pero no ha conseguido que España deje de depender de los caprichos políticos del monarca hachemí, que no es precisamente un baluarte democrático en el norte de África. Su padre, Hasan II, utilizó el arma de las multitudes para apoderarse de tierras que no eran suyas. La preocupación en Ceuta y Melilla es más que comprensible si en 48 horas se puede ocupar nadando y en barcazas cualquiera de las dos ciudades autónomas que Marruecos considera suyas.
Sánchez ha pretendido que España tuviera una política exterior propia. Es una aspiración legítima. Ha levantado la bandera contra Trump, contra Netanyahu y ha respondido a Meloni con una ficticia ruptura de Schengen que, hasta ahora, se ha reducido a un chequeo rápido y superficial de unos centenares de españoles e italianos que han sido interrogados aleatoriamente en aeropuertos, fronteras y puertos.
De Gaulle podía tutear a Washington porque había ganado la guerra y porque Francia es una potencia aunque los franceses piensen que están siempre en declive. Levantar el pendón contra Trump o contra Netanyahu es muy popular en España y en Europa. Ser líder mundial del multilateralismo, de la causa de Palestina, de América Latina y de una izquierda europea que pierde elección tras elección puede ser el canto del cisne de Sánchez.
Sánchez es europeísta y está con los aliados en el principal tema de Ucrania. Pero no tiene los recursos de una gran potencia. ¿Por qué en este mandato ha realizado tres viajes oficiales a China con poco entusiasmo de la UE? El que ha resuelto a las bravas, militarmente, la dictadura de Maduro ha sido Trump y no los muchos contactos de Zapatero con el régimen de Caracas. No le preocupaba a Trump la libertad, sino el petróleo. Un poco de autocrítica de Sánchez sería bien acogida por parte de una población desconcertada. Trump no practica la autocrítica.
La crisis con Marruecos se puede encauzar mejor con Europa que sin ella. Aznar intentó agrietar la Unión Europea de la mano de Blair y de Bush. Fracasó. Trump pasará y la crisis de Israel con sus vecinos árabes perdurará a base de amontonar muertos debajo de los escombros.
El riesgo de Sánchez es confundir la fuerza mediática con el poder real. No basta con el optimismo de la voluntad. La realidad son los hechos.
Publicado en La Vanguardia el 12 de agosto de 2026



