
La confrontación en la política se ha puesto de relieve en las consecuencias del trágico accidente del AVE
Europa tiene que escoger entre robustecer sus instituciones y sus políticas sociales o quedarse instalada en un rincón confortable de la historia. Tiene que producir más y más competitivamente o ser un gran mercado sujeto a los caprichos de la cambiante geopolítica.
Estamos en precampaña electoral en España y no pasamos de la fase de desacreditar al adversario. Sobre temas tan diversos como la invasión de Ceuta, la crisis de la vivienda, la seguridad ciudadana, el coste de la vida, las pensiones, la corrupción y, desde el trágico accidente ferroviario de Urda, el estado de las instalaciones de alta velocidad, cuya siniestralidad es la más alta del mundo.
Se salta de un tema a otro según las conveniencias de la izquierda o la derecha. En las comunidades históricas como Catalunya, Euskadi y Galicia, el debate es más plural y complejo. Pero en todos los casos, la precampaña discurre en el ámbito de la confrontación dialéctica, con insultos y desprecios, y no en una preparación mínimamente inteligible para obtener la confianza de los ciudadanos.
Una consecuencia inevitable es que el ruido y las trifulcas de los políticos vayan bajando escalones y acaben invadiendo una sociedad quebrada, incapaz de escucharse y discutir con argumentos con todo el apasionamiento que se quiera. Hablar, trabajar y pactar.
El hecho de que la situación en Francia sea más enrevesada y controvertida no es un alivio. Lo mismo cabe decir de Alemania, Italia, el Reino Unido, Polonia… donde miles de jóvenes y menores salen a las calles para practicar el saqueo y vandalismo sin que los gobiernos sepan quién o quiénes organizan estas protestas con más intenciones destructivas y de pillaje que como protestas de carácter político y reivindicativo.
La tecnificación de la política nos ha pillado a todos con el pie cambiado. Como decía Genís Roca el lunes en estas páginas, podemos llegar al punto en que tengamos que justificar por qué hemos dejado una decisión en manos de una persona, en lugar de justificar por qué la hemos delegado en una máquina.
El binomio Sánchez-Feijóo va a dominar la campaña al albur de los temas que vayan saliendo sobre la marcha. La tragedia ferroviaria de Urda ha sido un punto de inflexión, porque ha habido 69 muertos y porque el gobierno de Sánchez y su tuitero mayor, Óscar Puente, no han convencido a una población española conmocionada por el segundo desastre ferroviario en menos de diez meses. Las explicaciones han sido insuficientes y el ministro Puente, finalmente, ayer tuvo que dimitir.
La dimisión o el cese de un ministro por mala gestión o incompetencia es moneda común en toda Europa. Los cementerios están llenos de personas imprescindibles.
Feijóo llegará cargado con la mochila de Vox si es que las dos fuerzas alcanzan a formar una mayoría de investidura. La gobernabilidad ya sería otra cosa.
Aunque las controversias sean sobre temas internos en los que los discursos populistas, a la derecha y a la izquierda, incidan en las emociones de las gentes, España tendrá que definir su posición sobre la política europea de defensa, la guerra de Ucrania y las relaciones con Putin, la inmigración y las fronteras exteriores de la UE y reformular las relaciones con Estados Unidos, Israel, los socios europeos y saber de una vez cuáles han sido los pactos y compromisos del gobierno Sánchez con el rey de Marruecos. El giro de la política respecto a Rabat no ha pasado por el Congreso y los ciudadanos no tenemos información contrastada. Lo que ha saltado a la opinión pública no es oficial y, por lo tanto, está sujeto a bulos y a interpretaciones interesadamente parciales.
El gobierno que salga de estas elecciones tiene que estar en el núcleo duro de las decisiones estratégicas que se tomen en Berlín, París, Roma, Londres y Varsovia. Las incursiones por libre a China pueden ser ventajosas a corto plazo, pero España tiene que estar en el grupo que toma los grandes acuerdos en la UE. Europa nos protegerá y nos salvará de nuestros fantasmas y líos internos.
Publicado en La Vanguardia el 4 de noviembre de 2026




Me preocupa seriamente qué harán Feijóo y Abascal con las pensiones si algún día llegan a gobernar.
La izquierda, en términos generales, ha cometido errores y tiene muchas cosas que mejorar. Pero hay una cuestión fundamental en la que el Gobierno actual ha mantenido una línea clara: la defensa del poder adquisitivo de los pensionistas, mediante la revalorización de las pensiones conforme al IPC.
Hasta ahora, la aplicación de esta política ha sido clara y efectiva. Y estamos hablando de algo que no es un privilegio ni una concesión política, sino un derecho fundamental para millones de personas que han trabajado y cotizado durante toda su vida.
Lo que me inquieta es la falta de claridad de la oposición. Feijóo y Abascal hablan mucho de economía, de impuestos y de recortes del gasto público, pero cuando se trata de explicar qué harán concretamente con las pensiones, sus planteamientos resultan ambiguos.
Y las pensiones no admiten ambigüedades. No basta con prometer que se mantendrán: hay que explicar cómo, con qué recursos y con qué garantías.
Los pensionistas tenemos derecho a saber qué nos espera. No podemos permitir que un derecho tan esencial quede expuesto a decisiones políticas que nadie se atreve a explicar con claridad.
Sr Foix, no me imagino a Feijoo discutiendo con mandatarios europeos….