
La política errática de Trump repecto a la guerra de Irán es discutida por los medios que abarrotan las ruedas de prensa en la Casa Blanca
Le preguntaron a Churchill qué opinión tenía de los franceses. No puedo responder, dijo, porque no los conocía a todos. Pienso que es sociológicamente oportuno distinguir entre los gobiernos y los pueblos que representan.
Desdeñar a norteamericanos, israelíes, rusos, iraníes o afganos porque sus gobiernos ejecutan políticas que nos parecen equivocadas, incluso peligrosas o criminales, es una superficialidad. Una cosa son los gobiernos y otra los pueblos, aunque hayan sido los ciudadanos los que eligieron a sus dirigentes en los sistemas democráticos. La importancia del voto.
Los tiempos actuales no son ni peores ni mejores que los de otras épocas. Sin ir más lejos, el siglo pasado conoció dos guerras mundiales con una estimación de más de ochenta millones de muertos. Y en nuestro país, además, vivimos nuestra particular guerra civil, que todavía divide de alguna manera a vencedores y vencidos.
Ni Europa ni España habían conocido un periodo tan largo de progreso, libertad política y respeto al que piensa diferente. Habría que remontarse muchas generaciones, con todas las excepciones que se quieran, para encontrar un periodo tan largo de convivencia cívica entre los europeos.
Estados Unidos ha tenido un papel principal en las tres ocasiones en que participó directamente para poner fin a nuestros infortunios bélicos: las dos guerras mundiales y la guerra fría.
Hasta la caída del muro de Berlín en 1989, la mitad de Europa fue un protectorado militar, económico y diplomático de los distintos presidentes norteamericanos y la otra mitad dependía directamente de las directrices del Kremlin, desde los tiempos de Stalin hasta Gorbachov.
Los nuevos tiempos han traído viejas angustias. El mundo está en guerra en una parte significativa de Europa, en Ucrania, y en Oriente Medio llevamos cuatro semanas de guerra de EE.UU. e Israel contra Irán, después de las matanzas de Gaza en respuesta desproporcionada a los asesinatos de más de mil israelíes por Hamas el 7 de octubre del 2023.
El sentir general ya no es el de una guerra mundial a trozos, sino el de un conflicto global que afecta a cientos de millones de personas de todo el mundo.
El presidente Trump se cansó de repetir que había terminado ocho guerras, no se sabe cuáles, pero es él quien ha abierto la mayor de todas ellas, por la presión directa de Netanyahu, que le ha obligado a abrir una guerra contra Irán que ahora no sabe cómo cerrar. Aunque haya asesinado a los sucesivos gerifaltes que van apareciendo tras haber matado a Ali Jamenei, el hecho es que Irán no se ha rendido ni sus habitantes se han rebelado contra el tiránico régimen que es ca de provocar el incendio que alcanza ya a las prósperas monarquías del Golfo.
El presidente Macron dijo el lunes que “Europa no puede depender del estado de ánimo de un hombre de 79 años”. Trump es responsable del caos y el desorden internacional. Pero no actúa solo, sino que depende de una nueva oligarquía norteamericana de una riqueza extrema, con poder y con influencia tales que literalmente amenaza el sistema democrático de Estados Unidos y, por extensión, el de Europa.
Siguiendo los medios norteamericanos se observa, sin embargo, que los contrapesos actúan y la libertad de prensa está activada a pesar de los desaires autoritarios de Trump contra periodistas y contra propietarios de diarios y cadenas de televisión. El Tribunal Supremo no se ha doblegado a sus deseos, ni siquiera dos jueces designados por él mismo.
Es un presidente que crea crisis, las mantiene durante un cierto tiempo hasta que él mismo anuncia que las ha resuelto, especialmente si la situación es adversa. En el caso de Irán, ya ha perdido la guerra. Serán los norteamericanos los que le pasarán factura en las urnas en el mes de noviembre. Llegará un día en que los israelíes tendrán que reconocer que su superioridad militar y tecnológica tiene límites y no pueden bombardear e invadir a países limítrofes para conseguir preventivamente su seguridad nacional. ¿No pueden dialogar o negociar? Ganarán guerras, morirán muchas personas, pero no tendrán paz.
Publicado en La Vanguardia el 25 de marzo de 2026




Hay artículos que uno lee con gusto porque recuerdan al mejor oficio del periodismo: mirada larga, prosa limpia y sentido de la proporción. El texto de Lluís Foix pertenece, en su primera mitad, a esa estirpe. La distinción entre pueblos y gobiernos, la perspectiva histórica que relativiza los tiempos presentes y el reconocimiento del largo periodo de paz y prosperidad europeos son no solo pertinentes, sino necesarios en un clima de simplificación constante. Ahí está el Foix más valioso: el que ordena, matiza y eleva el debate.
Y, sin embargo, hay un momento en que ese edificio se resquebraja.
A partir de la irrupción de Donald Trump, el análisis cede paso al trazo grueso. Desaparece la complejidad que tan bien había construido y se sustituye por una narrativa donde todo queda explicado por una sola voluntad —caprichosa, casi caricaturesca— y por una supuesta oligarquía omnipotente. El mundo deja de ser ese entramado de intereses, equilibrios y conflictos históricos que el propio autor describía para convertirse en un relato lineal de culpables evidentes.
Resulta especialmente llamativo que quien había defendido distinguir entre pueblos y gobiernos termine reduciendo la política internacional a la psicología de un solo dirigente. Ni las dinámicas estratégicas de Oriente Medio, ni el papel de Irán como potencia desestabilizadora, ni la lógica de seguridad de Israel aparecen con la misma exigencia analítica que sí se reclamaba en los primeros párrafos. Se pasa, en suma, de la explicación a la imputación.
Es una lástima, porque el articulista que nos invita a pensar en la primera mitad del texto no merece el desenlace simplificador de la segunda. Cuando abandona la complejidad, no solo pierde fuerza el argumento: pierde también credibilidad quien tan bien había empezado recordándonos que el mundo, por definición, nunca es tan sencillo.