Jugar frívolamente a la guerra

Un hombre pasa junto a un mural pintado en una calle de Teherán (Foto: ABEDIN TAHERKENAREH/EFE)

El declive de los grandes imperios no ha sido rápido ni brusco. La caída de Roma, del imperio español, del otomano, del austrohúngaro y del británico fue lenta y hasta cierto punto placentera, creadora de cultura y relativamente cómoda para quienes administraban los largos suspiros de la decadencia.

La pregunta que no tiene respuesta inmediata es si las excentricidades de la presidencia de Donald Trump responden a los latidos de una larga agonía que rompería la hegemonía que Estados Unidos han tenido y tienen desde el punto de vista político, militar, económico y científico. Un presidente, por muy mediocre que sea, no tiene fuerza ni tiempo para hundir una potencia como la norteamericana.

He recurrido a las Consideraciones sobre la Revolución Francesa de Madame de Staël, hija de Jacques Necker, ministro de Finanzas de Luis XVI, una de las grandes figuras intelectuales de Europa a finales del siglo XVIII y una crítica sin piedad de los abusos y errores de Napoleón Bonaparte.

Muchas de las reflexiones que Madame de Staël hace sobre el poder y la fuerza militar son aplicables a Donald Trump, independientemente de la distancia y el contexto históricos. Hay en los dos personajes una tendencia a ejercer el poder sin límites, una especie de vértigo que ataca tanto al genio como al estúpido. El poder absoluto acaba con quien lo ejerce y muy especialmente en una sociedad abierta y dinámica como la de Estados Unidos, donde el equilibrio de poderes es una garantía de estabilidad institucional.

En sus reflexiones, De Stäel afirma que “uno de los resultados del poder absoluto que más ha contribuido a hacer caer a Napoleón de su trono es que, poco a poco, nadie acabó osando decirle la verdad sobre nada. Al final, llegó a ignorar que en el mes de noviembre hacía frío en Moscú porque ninguno de sus cortesanos se atrevió a revelarle algo tan sencillo”.

Uno de los problemas más graves de Trump es actuar por instinto, al margen de lo que saben los expertos, pensando que la fuerza por sí misma puede resolver los problemas sin una estrategia basada en la realidad de los hechos. En los dos casos, en Napoleón y Trump, fue y es tan grande su autoritarismo innato que han reducido a los colaboradores que los rodean a ser el eco de su propio pensamiento, convencidos ambos de que su propia voz, su mensaje en redes sociales en este caso, sería aceptado como una orden incuestionable. No saben escuchar y se encierran en una soledad rodeada de multitudes. La ignorancia hace estragos.

Valorar por igual una operación militar en Venezuela, Gaza, Líbano, Ucrania y, sobre todo, Irán es desconocer los elementos básicos del arte de la guerra. El hecho de que el secretario de Defensa pase a denominarse secretario de la Guerra no es solo una cuestión semántica, sino la redefinición de la política de una Administración que empezó su segundo mandato con la promesa de que no libraría guerras en el exterior y que firmaría la paz en ocho conflictos que su Gobierno no ha enumerado.

Hay motivos para sospechar que el problema no está solo en la Casa Blanca ni en la Secretaría de Estado, sino en el Pentágono, donde el secretario de Guerra, Pete Hegseth, ha destituido al menos a 21 generales sin otro motivo conocido que su raza, sexo o tendencias políticas.

La percepción que se tiene desde fuera es que Hegseth está jugando a la guerra y que Trump se despierta cada mañana con mensajes improvisados que tienen mucho que ver con fantasías bélicas como las de destruir civilizaciones enteras o hacer volar a Irán por los aires si no se desbloquea el estrecho de Ormuz.

Estados Unidos domina los aires y los mares. Pero no tiene capacidad para que las botas de sus soldados pisen tierras persas sin experimentar los reveses de los ejércitos invasores de todos los tiempos. Si Putin no ha podido someter a Ucrania en cuatro años, Trump no podrá ganar una guerra contra Irán si sus tropas no conquistan Teherán y desmontan el régimen islámico. Y aun entonces entrarían en tierras pantanosas militar y políticamente durante un largo tiempo. Los riesgos de jugar a la guerra empobrecen a los ejércitos y sus estados de ánimo. Matan y derriban gobiernos.

Publicado en La Vanguardia el 22 de abril de 2026

  3 comentarios por “Jugar frívolamente a la guerra

  1. Europa ha perdido el rumbo. Perdemos el tiempo criticando. No sabe hacia dónde va ni cómo afrontar con eficacia sus propios problemas. Reacciona tarde, de forma fragmentada y sin una visión estratégica clara. Más que liderar, sus dirigentes gestionan; más que decidir, dudan. La política europea se ha vuelto prudente hasta la parálisis.
    En este contexto, el liderazgo político europeo resulta decepcionante. Sin necesidad de caer en simplificaciones injustas, es evidente que falta una generación de dirigentes con ambición, claridad intelectual y capacidad de movilizar a la ciudadanía. Predomina una tecnocracia prudente, incluso temerosa, que gestiona más que lidera. La política se ha convertido en administración, y la administración en inercia.
    A esto se suma una tendencia estéril: dedicar demasiada energía a reaccionar frente a otros actores, como ocurre con Donald Trump. Sus posiciones provocan críticas constantes, pero criticar no es una estrategia. Erigirse como constante oposición tampoco sustituye la necesidad de construir un proyecto propio.
    Mientras tanto, en un mundo cada vez más competitivo, Europa pierde peso, influencia y credibilidad. Aspira a actuar como una federación sin disponer de los instrumentos necesarios, lo que acentúa su debilidad y su falta de coherencia.
    El problema no es la falta de potencial, sino la ausencia de dirección. La solución pasa por dejar de imitar, pensar con autonomía y recuperar una ambición política clara. Sin ello, seguirá instalada en la irrelevancia.

  2. El artículo del Sr. Foix ofrece una visión que, desde una perspectiva europea realista, parece aplicar esquemas históricos que no encajan con la estrategia actual de EE. UU.

    – Diferencia de modelos: La comparación con Napoleón resulta difícil de sostener. Mientras Bonaparte buscaba la expansión territorial, la lógica que guía a la actual administración parece ser el aislacionismo selectivo. Su objetivo no es la conquista, sino reducir el gasto exterior y exigir que los aliados asuman su propia defensa.
    – Reorientación institucional: Lo que se describe como una actitud impulsiva en el Pentágono puede entenderse como una reorientación estratégica. El objetivo parece ser recuperar la operatividad militar clásica y la capacidad de disuasión, alejando al ejército de funciones de ingeniería social.
    – Disuasión vs. Invasión: El autor advierte sobre los riesgos de una invasión terrestre en Irán, pero la estrategia de Trump se basa en el realismo transaccional: usar la presión máxima para forzar negociaciones, no para ocupar territorios. Es una política que busca evitar la guerra mediante la exhibición de fuerza, no iniciarla.
    – Desafío para Europa: Más que una «agonía» de la hegemonía, este giro representa el fin de la seguridad gratuita para Europa. En lugar de cuestionar los objetivos de Washington, el realismo europeo debería ver esto como un incentivo necesario para construir nuestra propia autonomía estratégica.

    • En definitiva, el artículo no es un análisis, es un lamento por un orden mundial que ya no existe. Donald Trump no está «jugando a la guerra»; está cerrando el ciclo de las guerras por ideología para abrir el de la paz por la fuerza. Algo que, por lo visto, resulta ininteligible para quienes aún analizan el siglo XXI con las gafas empañadas del siglo XIX.

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