Convicción y responsabilidad

Las dos guerras en curso tienen como protagonistas a Putin, Netanyahu y Trump que pensaron solo en la fuerza para vencer a enemigos supuestamente más débiles.

Los políticos de todos los tiempos, en sistemas democráticos o autoritarios, han sido siempre criticados. Duramente. Con razón o sin ella. Se suele decir que los políticos de antes eran mejores e incluso estadistas. Las hemerotecas nos muestran que no fue así a juzgar por las tensiones y los desprecios que tuvieron que soportar. Luego, al cabo del tiempo, la historia deja de lado las emociones y opiniones del momento y empieza a emitir las primeras valoraciones, que casi siempre son sometidas a revisión.

Los políticos no son permanentes. La política sí que lo es porque es necesaria y está bajo la crítica constante. Mariano Rajoy fue destituido por una moción de censura por corrupción en su partido y Pedro Sánchez tiene varios casos judiciales abiertos en su entorno que le amargarán el final de ­legislatura.

El cambio de ciclo es ­inevitable si la izquierda no consigue tener una mayoría en el Parlamento y no renueva el discurso para acercarse a la centralidad de la sociedad. No es cuestión de voluntad, sino de responsabilidad.

En un comentario de Claudio Magris a la breve obra de Max Weber La política como profesión, recuerda la distinción de dos formas fundamentales de la acción política, inspiradas, respectivamente, en la ética de la convicción y la ética de la responsabilidad.

Las disputas vienen de muy lejos y puede ser útil la lectura de la extensa biografía de san Agustín, de Peter Brown, en la que el obispo de Hipona se enfrenta a Pelagio, que confiaba en la capacidad de la voluntad humana para resolver todos los problemas, mientras que Agustín señalaba los límites que esa voluntad encuentra al actuar en el mundo por razón de su naturaleza caída. Este debate se producía en el siglo V.

El pelagianismo ha surcado todos los siglos y es vigente en nuestros tiempos, como señalaba el filósofo Tzvetan Todorov en un libro de referencia, Memoria del mal, tentación del bien.

Max Weber, quince siglos después, comparte en situaciones nuevas el realismo agustiniano que desconfía de quienes creen que basta con tener buenas intenciones para transformar el mundo. La política exige enfrentarse a intereses, conflictos y consecuencias imprevistas. Comporta trazar puentes y derribar murallas. Hablar y escuchar.

Los que siguen la ética de la convicción actuan de acuerdo únicamente con sus propios principios sin perturbarse por las consecuencias de sus decisiones.

Las tres guerras más sangrientas en curso responden a tipologías humanas de personajes como Putin, Trump y Netanyahu, que no han medido el alcance de decisiones basadas en la voluntad y pensando que la fuerza solamente podría facilitarles la victoria. Después de tantas muertes inútiles y absurdas, pasarán muchos años hasta que las cicatrices de guerras abiertas por mentes irresponsables se restañen.

La responsabilidad consiste en confrontar los medios con los fines. No todos los medios son lícitos aunque se tenga la convicción de la conveniencia del fin.

Sería injusto deducir que los políticos son por naturaleza corruptos. No es cierto. Tampoco que las irregularidades delictivas sean más abundantes en la izquierda que en la derecha. El político solvente es el que sirve a todos los ciudadanos y el que está en el cargo de forma pasajera, se retira a tiempo y continúa con la profesión que tenía antes de entrar en la vida pública.

La situación es convulsa como lo era en la Alemania de Weimar que inspiró las reflexiones de Max Weber, escritas en 1919. No hay un país europeo políticamente tranquilo. Pero desde Varsovia hasta Lisboa pasando por Roma, Berlín, París, Madrid, Londres y la mayoría de la Unión Europea, hay una cohesión para hacer frente a dos peligros reales como son la amenaza bélica de Putin y las decisiones antojadizas, erráticas y primitivas de Trump.

La situación social y económica en España es más soportable que en la gran mayoría de los países europeos. El país funciona mal que bien. Pero el cansancio hacia los políticos no puede prolongarse mucho más porque empeorará.

Publicado en La Vanguardia el 17 de junio de 2026

  6 comentarios por “Convicción y responsabilidad

  1. Ningún país del mundo puede decidir que cualquier otro país no pueda disponer de armas nucleares. Y mucho menos aquellos que las poseen. No viene a cuento del artículo pero simplemente necesitava decirlo, por muy en contra que esté de ese tipo de armamento. Perdonad la intromisión.

  2. Mira por donde nuestro anfitrion resulta que forma parte de «los bienpensantes del progresismo europeo».
    La cansinez Juanjo no puede ser este raca raca continuo de sus replicas o comentarios a los articulos del Sr. Foix.
    No entiendo cual puede ser el resorte para estas peroratas que ocupan mas que el articulo de interes.
    En fin.
    Cordialmente,
    Jaume

    • Juanjo está en su derecho a replicar al Sr. Foix. Si no estás de acuerdo con sus argumentos o convicciones tienes el derecho a argumentarlas y/o retirarlas.

    • ¡Hola, Jaume! Entiendo que la extensión pueda fatigar, pero concédeme que es muy difícil responder a Weber, san Agustín y la geopolítica mundial en dos líneas, y menos aún ser más sintético sin dejar los puntos mal argumentados o rebatidos. Si tengo ese «resorte» es, precisamente, por el profundo respeto y la admiración que le profeso al Sr. Foix; creo que el mejor homenaje que se le puede hacer a un columnista de su nivel es una lectura crítica, exigente y que invite al debate de ideas, no una mera adhesión incondicional. Nos seguimos leyendo, con el afecto de siempre.

  3. Réplica a «Convicción y responsabilidad» de Lluís Foix

    El artículo de Lluís Foix es un claro ejemplo de cómo instrumentalizar la erudición clásica —invocando a Max Weber, a san Agustín y a Claudio Magris— para justificar una agenda ideológica muy concreta. El problema de su análisis no es filosófico, sino selectivo, incurriendo en varios de los sesgos típicos del relato del progresismo biempensante europeo.
    1. La paradoja de la responsabilidad y la inacción
    Foix define la responsabilidad como el acto de medir las consecuencias de las decisiones, pero aplica esta vara de medir de forma completamente asimétrica. Si la responsabilidad consiste en evitar catástrofes, ¿por qué considera «irresponsable» la contundencia para impedir que una teocracia islamista como la iraní obtenga armas nucleares, y no considera irresponsable la pasividad de permitir que las consiga?
    Presentar a Donald Trump o a Benjamín Netanyahu como líderes movidos únicamente por un impulso primitivo de la fuerza exige ignorar la realidad geopolítica. Ambos llevan años advirtiendo de amenazas existenciales que las élites europeas han preferido minimizar bajo el manto de un pacifismo cómodo. La verdadera responsabilidad no consiste en contemplar pasivamente un peligro inminente mientras se pronuncian discursos prudentes; consiste en evitar que ese peligro se materialice.
    2. La falsa incompatibilidad entre convicción y victoria
    El autor contrapone la ética de la convicción y la de la responsabilidad como si fueran enemigas irreconciliables. Sin embargo, la historia demuestra que las grandes decisiones exigieron ambas. Winston Churchill también fue acusado de «belicista e irresponsable» por los defensores del apaciguamiento que confundían la prudencia con la cobardía. La responsabilidad no siempre consiste en esquivar el conflicto; a veces consiste en asumirlo antes de que sea demasiado tarde.

    3. Sesgo ideológico y asimetría moral
    La principal debilidad del artículo no es filosófica sino moral: Foix aplica criterios distintos según quién ejerza la fuerza.
    Cuando una democracia occidental emplea el poder militar para neutralizar una amenaza, se invocan inmediatamente Weber, san Agustín, la prudencia y la responsabilidad. Cuando una dictadura, una teocracia o una organización islamista utiliza la violencia, el análisis suele desplazarse hacia las causas históricas, los agravios acumulados o los contextos complejos.
    Esta asimetría se ha convertido en una constante de cierta intelectualidad europea contemporánea: el occidental fuerte comparece siempre como sospechoso; el adversario de Occidente comparece frecuentemente como explicable.
    Por eso resulta llamativo que Foix dedique tan poco espacio a examinar la responsabilidad del régimen iraní en décadas de represión interna, financiación de grupos armados, desestabilización regional y amenazas explícitas contra Israel. El foco moral se desplaza inmediatamente hacia quienes intentan contener esa amenaza.
    La consecuencia es una inversión paradójica de responsabilidades: el problema principal deja de ser quien genera el peligro y pasa a ser quien decide enfrentarlo.
    No es una lectura realista de la política internacional. Es una lectura que refleja una tendencia cultural muy extendida en determinados sectores europeos: juzgar con extrema severidad los errores de las democracias liberales mientras se analizan con notable indulgencia las acciones de sus adversarios.
    4. Blanqueamiento de la corrupción y sumisión al statu quo
    El sesgo pro-gubernamental de Foix se desborda al analizar la política nacional española. Despacha los graves y múltiples casos judiciales por corrupción que cercan el entorno del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, como meros «casos abiertos que le amargarán el final de legislatura», equiparándolos de forma vaga con el pasado.Además, cae en el clásico mantra de la izquierda mediática: exigirle a la izquierda que «se acerque a la centralidad» para no perder el poder. Foix no pide responsabilidad por el bien del país, sino como una estrategia de supervivencia electoral para el bloque progresista. Su afirmación de que la situación en España es «más soportable» que en el resto de Europa es un ejercicio de conformismo complaciente que choca con la realidad económica de los ciudadanos.
    Conclusión
    La tesis de Foix termina siendo una pirueta paradójica: quienes intentan frenar a potencias revisionistas o teocracias expansionistas son los «irresponsables»; quienes reaccionan tarde, dudan, contemporizan o miran hacia otro lado son los modelos de «responsabilidad». Max Weber y el realismo político merecen una lectura mucho más exigente y menos sectaria que la que nos ofrece este artículo.

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