
El tratado de Trianon de 1920, tras la Gran Guerra, dejo a Hungría muy reducida en territorios y habitantes. Quedaron muchos más húngaros fuera del nuevo estado que dentro.
Esta mañana he conversado con un trabajador que arreglaba unas baldosas estropeadas en una acera de mi barrio. Le he preguntado de dónde era y me contestó que era rumano. ¿De qué parte? De Transilvania, me contestó. ¿Habla húngaro? No, pero mi padre sí que lo hablaba, me ha contestado con cierto punto de añoranza y nostalgia.
El ciudadano rumano tendría unos 50 años, fornido, trabajador de la construcción, que dependía de una empresa municipal de Barcelona. No hemos hablado del tratado de Trianon pero nos hemos entendido.
Es un hombre que sabe que Transilvania formó parte de Hungría y que ahora es una región rica y motor de la economía rumana. El 4 de junio de 1920 se firmó en el palacio del Gran Trianon, en el complejo de Versalles, uno de los tratados de paz al término de la Gran Guerra (1914-1918) en el que se fijaron las fronteras del antiguo reino de Hungría tras la desaparición del imperio austrohúngaro.
Muchas de las fronteras que salieron de la desaparición de los grandes imperios europeos son divisiones equivocadas, arbitrarias, fruto de, “las cicatrices que la historia ha dejado grabadas en la piel de la tierra”, según sentenció Josep Borrell.
Las consecuencias del tratado de Trianon fue que Hungría perdió alrededor de dos tercios de su territorio y cerca del 60 por ciento de su población. Nombrar Trianón a un húngaro es como recordar la peste o la mayor de las desgracias nacionales.
Hungría fue la gran damnificada y Rumania salió vencedora por los caprichos de los lápices y compases de los geógrafos que trazaron las nuevas fronteras. Rumania incorporó unos 103.000 kilómetros cuadrados de nuevas tierras y más de cinco millones de habitantes pasaron a formar parte del Estado rumano que se convirtieron en una minoría dentro de Rumania. Muchos de ellos hablaban el húngaro como lengua materna.
La decisión se justificó en gran medida por el principio de autodeterminación impulsado por el presidente estadounidense Woodrow Wilson, ya que la población de Transilvania era mayoritariamente rumana. Sin embargo, amplias zonas fronterizas tenían una clara mayoría húngara y también fueron incorporadas a Rumanía por razones estratégicas y geográficas.
El deseo de revisar el tratado marcó la política húngara durante el período de entreguerras y llevó al gobierno de Miklós Horthy a acercarse a la Alemania de Adolf Hitler, que prometía revisar las fronteras establecidas en 1920.
Para Rumanía, en cambio, Trianon significó la culminación del proyecto de la llamada «Gran Rumanía«, al unirse Transilvania al antiguo reino rumano. Desde entonces, la cuestión de la minoría húngara en Transilvania ha seguido siendo un asunto sensible, aunque las relaciones entre ambos países han mejorado considerablemente desde su ingreso conjunto en la OTAN y en la Unión Europea.
Es sintomático el hecho de que los movimientos que abrieron la oposición al régimen de Nicolas Ceausecu, asesinado por la oposición en la Navidad de 1989, nacieran en Transilvania.
El trazado de nuevas fronteras es una de las operaciones más delicadas de los políticos de todos los tiempos. La Conferencia de Berlín de 1884-1885, convocada por el canciller Bismarck, era para regular el comercio y la navegación en las corrientes de los ríos Congo y Niger pero se convirtió en una subasta del reparto colonial de África entre Alemania, Francia, Reino Unido, Portugal, Bélgica, España e Italia. Ningún africano fue invitado.
Fue un acto gratuito e injusto, consecuencia de la fuerza y la capacidad de ocupación de las metrópolis europeas. Lo mismo ocurrió con el reparto del imperio otomano en el que las fronteras de Oriente fueron dibujadas por Londres y París creando dos grandes protecctorados. De aquellas arbitrariedades han venido todos los conflictos posteriores.
La identidad de pueblos y naciones no se puede trazar sobre una pizarra colonial o por la potencia más poderosa. Hay que tener en cuenta la cultura, la lengua, la historia, las tradiciones, la espiritualidad y el amor propio de los ciudadanos que han vivido en sus territorios respectivos desde tiempos ancestrales.




Las fronteras al margen de la realidad humana siempre ha sido un nido de conflictos. Solo falta ver Oriente Medio.