Sin política sobre incendios

Para prevenir los incendios hay que cuidar la tierra y contar primero con los que la cultivan, la obserrvan y viven de ella. Hay que contar más con los agricultores.

Mientras el mundo confía en satélites, drones e inteligencia artificial para detectar y controlar el fuego, cientos de tractores se han concentrado en los incendios de la Segarra y el Urgell para abrir amplias zanjas y detener las llamas que avanzaban empujadas por vientos arremolinados y variantes. El cambio climático altera los ritmos, las temperaturas y los comportamientos de personas, animales y plantas.

Los rastrojos extienden un manto dorado y una cerilla puede levantar una columna de humo en el horizonte y en unos minutos puede convertirse en un devastador incendio.

Cuando salta la alarma, los primeros en detectarla suelen ser los que observan el humo desde cerca, los que viven en la tierra, los que tocan las campanas y enganchan el cultivador o la grada para abrir una franja de tierra desnuda que pueda detener el avance del fuego. Conocen cada camino, cada parcela, cada zona ZEPA que en estas jornadas tropicales se convierten en polvorines.

Se ha gestionado políticamente un campo idílico, científicamente muy elaborado, pero que no guarda relación con la realidad. No hay fuertes migraciones internas, sino un abandono gradual de los campos, con precios que solo permiten beneficios inestimables, relevo generacional bajo mínimos y una burocracia tan excesiva como inútil. Sobran funcionarios y faltan agricultores.

Los que han aguantado las tierras años y años sospechan que los técnicos de Bruselas, de Madrid y de Barcelona prefieren un campo yermo, salvaje, donde la fauna y la flora convivan con la mínima intervención humana. Esta visión edénica se impone sin contar con los que viven en y de la tierra desde hace generaciones.

No tienen en cuenta que sin los campos cultivados y sin los caminos transitables combatir los incendios sería mucho más difícil. El agricultor no solo produce alimentos, sino que ordena las tierras, conserva el paisaje y actúa como el guardián del patrimonio común.

En épocas de incendios feroces, las administraciones piden ayuda para colaborar con los bomberos. Pero cuando se solicita a los gobiernos que combatan las plagas de conejos y jabalíes o incentiven los precios anclados en el siglo pasado, la respuesta metafórica son los grillos que no paran de cantar. No se hace política.

Publicado en La Vanguardia el 16 de julio de 2026

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