Más libros y menos pantallas

Si falla la educación, se resienten el progreso, el humanismo y el pensar con criterio propio. Fotografía de la biblioteca García Márquez de Barcelona.

Hay quien ha leído mucho y ha retenido muy poco. Cuenta Cervantes que Alonso Quijano leía tantos libros de caballería que del poco dormir y del mucho leer se le secó el cerebro. El Quijote se enfrascó tanto en sus lecturas que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro y los días de turbio en turbio.

El sabio jesuita Miquel Batllori dice en sus memorias dictadas que la auténtica aristocracia es la de aquellos que en algún periodo de su vida han leído de forma desmesurada. Ponía esas palabras en boca de un filósofo francés, pero se supone que se refería a su experiencia.

Se ha dicho casi todo sobre las causas y las consecuencias del último informe PISA sobre el resultado escolar. Los alumnos españoles obtienen el peor resultado de la historia desde que se publican esos informes. En Catalunya no se sabe la evaluación porque la OCDE, que organiza la prueba, no la incluyó, porque un 23% de estudiantes quedaron fuera. Una triste y alarmante exclusión que debería tener más repercusiones políticas, ya que nos sitúa fuera del radar escolar de los países desarrollados. Si falla la educación, se resienten el progreso y la convivencia.

No soy experto para repartir responsabilidades entre el cuerpo docente, el alumnado, los padres o la tecnocracia digital. Puedo decir que lo más importante de mis conocimientos me lo dio un maestro rural, el señor Ramon Capell, en un pequeño pueblo del Urgell. Todo lo demás ha sido valor añadido.

Me enseñó el valor del esfuerzo, la importancia de la lectura, a pensar críticamente, preguntar, argumentar, recordar, relacionar, dudar, contrastar y también crear. Y todo fue con una libreta, un lápiz, una goma y un pequeño plumier. Si hubiéramos tenido los instrumentos de la tecnocracia digital, habríamos hecho maravillas. Sostengo, sin embargo, la paradoja de que cuanto más inteligentes sean las máquinas de la IA, más decisivo es para los humanos aprender a pensar sin ellas. Sería inútil y equívoco prescindir o prohibir la tecnología en la enseñanza. La revolución digital lo ha cambiado todo y es irreversible.

Pero el futuro favorecerá a los que tengan criterio propio basado en la cultura, la ciencia, el sentido común y el humanismo. Con la idea de que “equivocarse es humano y reconocer el error es de sabios”.

Publicado en La Vanguardia el 10 de septiembre de 2026

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *