Ganar los seis primeros partidos oficiales de la temporada tiene un gran valor. Quince puntos en la Liga y tres en la Champions. La novedad es que el Barça de Flick ha rozado la perfección en varios momentos de este inicio en el que ha marcado veintiséis goles. Cualquier pronóstico es prematuro, pero bien está lo que bien empieza. Lo evidente es que el equipo practica, probablemente, el fútbol más completo y cohesionado de Europa.
Tiene un entrenador severo que exige a sus jugadores no rebajar la presión aunque vayan ganando por goleada. Me imagino que Flick pedirá a la defensa por qué el Levante le colocó dos goles amenazando una victoria que estaba ya escrita en la pared. Este Barça se fija en los pequeños detalles y en las grandes proezas de sus jugadores.
Pedri y Rodri son el espacio creativo. Y Lamine, Raphinha y Fermín fabrican goles inesperados. Cubarsí y Eric Garcia dan seguridad. Gordon se ha ganado el favor de la grada y tiene el fuste de los grandes fichajes.
Me parecen precipitados los deseos de Lamine de conseguir el Balón de Oro compitiendo dialécticamente con Mbappé. No lo va a ganar con declaraciones sino practicando el extraordinario futbol que admira al mundo entero, incluso a los comentaristas del madridismo militante.
Es lógico aspirar a ganar la Champions. Pero es inútil hacer cábalas cuando solo se ha jugado y ganado un encuentro. Cada partido que se juega tiene un germen de título. Es como un eslabón de una larga cadena que, de romperse, se desvanece su eficacia resistente. No se podía empezar mejor. Pero los entusiasmos más valiosos son al final.
Publicado en Mundo Deportivo el 15 de septiembre de 2026




