Nombres y realidades

Las manifestaciones constantes ante el Parlamento Británico mientras se ha discutido del Brexit es un síntoma de las divisiones que se repiten en muchas democracias liberales

Hablábamos el domingo bajo el sol hospitalario de la vendimia de septiembre de temas variados, intranscendentes, de leyendas locales, de libros leídos y de memorias que no están escritas pero que se guardan en la historia personal y colectiva. La conversación se prolongó hasta quedarnos solos tres interlocutores que fuimos requeridos para almorzar porque si algo es inadmisible en los ambientes rurales es no ser puntual en las comidas.

No fue una discusión política, absolutamente evitable a estas alturas cuando la pereza por discrepar con alguien hace que los sobreentendidos o los silencios sean suficientes para pasar de un tema a otro sin mayor problema y poder convivir hablando del tiempo, de las cosechas, de los preparativos para la siembra o de las batidas para diezmar a jabalíes y conejos que estropean los frutos.

Salió el tema de la explanada sin nombre que se construyó en 1933 y que en su momento fue conocida como plaza de la Re­pública. Más que una plaza fue la construcción de un muro todavía impresionante que frenaba el desliz constante de tierras que habrían podido socavar los cimientos de la iglesia y el campanario que lleva cincelado en su cúpula el año 1868, el de la revolución que envió al exilio a Isabel II.

Un joven político republicano de Rocafort hizo venir a una docena de picapedreros gallegos, que levantaron el muro, lo que puede considerarse una obra maestra, que es la pared que sostiene la plaza sin nombre. Fue plaza de la República hasta que las tropas de Franco pasaron por la carretera y los caminos que conducían hacia el nacimiento del río Corb en Rauric, en enero de 1939, entrando ya en la plaza fuerte de Santa Coloma de Queralt para saltar luego hacia Igualada, El Bruc y alcanzar el Llobregat.

Hubo un rótulo con plaza de la República que uno de los contertulios llegó a ver en una ocasión. Incluso propuso hace unos años que se restableciera el nombre original de la plaza, que ahora no tiene nombre.

Consideramos sobre si tenía que bautizarse de nuevo como plaza de la República o plaza de la Segunda República. A mí me pareció que si se dejaba la denominación de 1933 era correcto siempre y cuando no fuera un símbolo voluntarioso como los que cuelgan a la entrada de muchos pueblos catalanes con el solemne nombre de Municipi de la República Catalana. Convinimos en que las fórmulas de ­República y Segunda República serían igualmente aceptables, aunque por mi ­parte insistí en que los nombres respondieran a hechos y realidades concretas que existan o que hayan existido de manera aceptada por decisiones históricas, legales y democráticas.

Construir imaginarios sobre ilusiones colectivas, legítimas, suele causar frustraciones. He respetado los lazos de plástico amarillos que engalanaban barandas de puentes de ríos y pasamanos de escaleras. Pero el sentido común se ha impuesto y ahora aquellas señales amarillas patrióticas han desaparecido y han sido sustituidas por lazos amarillos más sobrios y estéticos que estoy seguro que no contaminarán ni estropearán el medio ambiente.

Claro que tal como están las cosas se pueden levantar realidades virtuales, con mentiras o medias verdades, que dibujen un país de cartón piedra o se divida una sociedad porque la supuesta voluntad de un pueblo así lo ha decidido.

Dando un salto en el espacio es interesante contemplar el espectáculo de las dos ­democracias liberales más consolidadas en el tiempo en el mundo, las que más he ad­mirado, que han entrado en una espiral ­supremacista y xenófoba valiéndose de mentiras y trampas manifiestas para ganar elecciones.

A Donald Trump le han dimitido o ha cesado a más de veinte altos cargos nombrados por él por falta de confianza. En la mayoría de los casos su despido se ha conocido con un tuit mañanero, algo así como un disparo por la espalda, que ha pillado a la víctima durmiendo.

A Boris Johnson le ha dimitido una ministra, un diputado conservador cruzó la línea de los Comunes hacia los liberales, 21 diputados de su partido votaron en su contra en tres elecciones cruciales y lo que es más sintomático es que su hermano Jo Johnson dimitió como secretario de Estado para Universidades y abandonó el escaño que representó durante nueve años en la circunscripción de Orpington.

La razón tiene un componente moral, porque no podía seguir viviendo dividido “entre la lealtad familiar y el interés nacional”. Uno de los principales problemas del Brexit es que se construyó sobre mentiras gruesas, lo que ha alterado a un pueblo tan práctico y tan poco romántico políticamente como es el inglés.

Publicado en La Vanguardia el 11 de septiembre de 2019

4 comentarios

  4 comments for “Nombres y realidades

  1. Sinera
    12/09/2019 at 13:11

    Aunque nunca dejo de leer las entradas del Sr. Foix así como todos los comentarios de quienes le seguimos, quiero dejar patente que encuentro a faltar los sesudos comentarios de Dogbert.

    Amigo dogbert… por favor. Sin tus comentarios esto no es lo mismo. Han sido muchas las veces que he seguido el blog en gran parte para leer tus opiniones. No nos abandones… o indica dónde podemos seguirte. Al igual que el Sr. Foix, te has convertido para mi en imprescindible.

    Regresa muchacho, por favor!

  2. Francesc
    12/09/2019 at 00:19

    Sobre esto de los monumentos escribí esto hace unos meses: http://www.elinconformistadigital.com/2018/11/26/como-conmemoramos-hoy-por-francesc-sanchez/

  3. Francesc
    12/09/2019 at 00:18

    Esto me recuerda al cambio de nombre de la Plaza Llucmajor en Nou Barris por el Plaza de la República. En medio de la rotonda desde 1986 hay una estatua de Josep Viladomat de una mujer que simboliza la República, y también un medallón de Pi i Margall (el presidente de la Primera República).

    Pues bien resulta que la estatua estuvo emplazada originariamente en la confluencia del Paseo de Gracia con Diagonal, lo que llaman la Plaza del Cinco de Oros. Durante el Franquismo la sacaron y levantaron el monumento de la Victoria, mientras la estatua de Viladomat quedo guardada en un almacén.

    La polémica claro, durante el primer gobierno de los Comuns, fue que se quería restituir la estatua en su emplazamiento original y la gente del barrio no quiso, por lo que se decidió dejarla en su lugar, y encargar una replica para el emplazamiento de Paseo de Gracia.

  4. Albert.
    11/09/2019 at 20:19

    Sr.Foix : El Brexit y el Catexit, las mentiras y las trampas de algunos para obtener beneficios a base de poder ejecutivo y riqueza a gran escala.

    A esos les molesta la democracia liberal y la Union Europea.
    Prefieren la Democrácia Orgánica, Rey y Parlamento al estilo de antes de la Transición española del año 1978.

    Los Británicos brexiteros asi lo pretenden, pero tengo la confianza de que los británicos, que por cierto, tienen mucho sentidocomun, impedirán el Brexit.

    Idem para el Catexit y los cataláunicos de la Corona de Aragón de España.

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