Fue Thomas Mann quien dijo al fin de la última guerra que prefería una Alemania europeizada a una Europa germanizada. Desde Konrad Adenauer hasta Friedrich Merz pasando por Willy Brandt, Helmut Schmidt, Helmut Kohl y Angela Merkel, el paraguas europeo ha cubierto las miserias del pasado y ha trazado horizontes de bienestar social y prosperidad.
Desde la guerra francoprusiana de 1870 que selló el nacimiento de Alemania como Estado en el palacio de Versalles, una creación que descansaba sobre la humillación de Francia en el campo de batalla, la estabilidad en Europa se volvió a romper catastróficamente con la Gran Guerra (1914-1918) y con la Segunda Guerra Mundial (1939-1945). Como afirma la historiadora Margaret MacMillan, “gracias a Bismarck, a partir de 1870 Europa ha sido siempre, de una forma o de otra, una cuestión alemana”.
Si el presidente Trump tuviera unos conocimientos mínimos de la historia y del papel que su país ha desempeñado desde el siglo pasado hasta hoy en Europa y en el mundo, no tomaría decisiones precipitadas que están alterando la ya deteriorada pax americana global.
Una paz que se ha tejido sobre las alianzas, el comercio y las complicidades internacionales. Para quienes sostienen que los males del mundo provienen del capitalismo estadounidense y su propaganda, es bueno recordar que fueron distintos gobiernos de Washington los que enviaron miles de soldados a Europa en tres ocasiones –incluyendo la guerra fría– para ahuyentar los fantasmas de nuestras guerras locales o globales.
Europa es y será siempre un proyecto inacabado a pesar de haber conseguido el periodo más prolongado de paz social, libertades y progreso en los últimos ochenta años. La Europa de hoy fue un sueño napoleónico y una fantasía que dejó escrita Victor Hugo como una posibilidad alcanzable.
Vi levantar siendo estudiante el muro de Berlín en agosto de 1961 y pude contemplar su destrucción en noviembre de 1989. La Ostpolitik acabó imponiéndose.
La recuperación alemana tras las tragedias perpetradas por el nazismo en toda Europa fue prodigiosa. Pero dando siempre el protagonismo político a Francia mientras desde Bonn o desde Berlín se tejía la política hacia el Este, es decir, se trabajaba para frenar la amenaza siempre latente del expansionismo ruso, que había llegado a controlar buena parte de Europa del Este, desde Polonia hasta Bulgaria pasando por los países bálticos. Esta estrategia pasaba por la dependencia militar de Estados Unidos, que mantuvo más de un millón de soldados en Europa hasta la caída del muro de Berlín.
Washington es nuestro aliado más importante, pero Francia es nuestra amiga más cercana, le oí decir al canciller Schmidt. Desde el final de la última guerra mundial, nos guste o no, Europa ha sido un protectorado militar norteamericano con derivadas económicas y culturales.
En este contexto, es incomprensible la decisión de Trump de retirar cinco mil soldados estadounidenses de Alemania. Solo se entiende si el plan de desproteger a Europa está pactado de alguna manera con los intereses de Putin, que considera a la Unión Europea la enemiga y la causa de sus temores. Las relaciones entre el Kremlin y la Casa Blanca son, cuando menos, misteriosas e interesadas.
La gran potencia económica y comercial de la Unión Europea no se puede defender por sí sola si no cuenta con el vínculo atlántico. Y Estados Unidos perdería su dominio en Oriente Medio y en Europa si se desentiende de sus aliados.
Alemania se rearma y piensa ya en convertirse en la primera potencia militar europea aunque no disponga de la bomba atómica. La extrema derecha alemana es el segundo partido en el Bundestag de Berlín. Desde una perspectiva histórica, lo normal en Europa es la guerra. Los alemanes están del todo vacunados. Pero es bueno recordar las palabras de Hannah Arendt cuando en Tiempos presentes escribía que “lo real son las ruinas, lo real es el espanto del pasado, lo real son los muertos que habéis olvidado”. Tocar los equilibrios europeos desde Rusia o Estados Unidos es un paso al precipicio colectivo.
Publicado en La Vanguardia el 6 de mayo de 2026





Europa no puede vivir en el retrovisor
El análisis de Lluís Foix peca de una nostalgia paralizante, anclada en un orden de posguerra que ya no existe. Su crítica a cualquier repliegue de Estados Unidos evita afrontar una realidad incómoda: durante décadas, Europa ha preferido la comodidad del protectorado a la responsabilidad de su propia soberanía, atrofiando su capacidad de defensa mientras daba por sentado un paraguas militar ajeno que hoy, lógicamente, exige reciprocidad.
La estabilidad europea que Foix idealiza no ha sido ni neutral ni equilibrada. El peso de Alemania ha impuesto una agenda que, desde las reglas fiscales hasta una dependencia energética suicida de Rusia, ha priorizado los intereses de Berlín sobre las necesidades del sur. Para naciones como España, lo que el autor llama «interés europeo» ha resultado ser, con frecuencia, una horma de zapato diseñada por y para el centro del continente.
Mientras el debate continental sigue hipnotizado por el flanco Este, España enfrenta amenazas mucho más inmediatas en el Mediterráneo, el Magreb y el Sahel. La asimetría es flagrante: la solidaridad europea parece ser un imperativo cuando se mira hacia Polonia, pero se convierte en indiferencia burocrática cuando se trata de la presión migratoria o la inestabilidad en nuestra frontera sur.
Especialmente grave es la claudicación de Bruselas ante el anacronismo colonial de Gibraltar. En las negociaciones del Brexit, la Unión Europea ha preferido no incomodar a Londres antes que respaldar con firmeza la posición histórica de un Estado miembro. Esta desprotección de nuestra integridad territorial —extensible a Ceuta y Melilla— demuestra que el «discurso de integración» europeo se detiene donde empiezan los intereses estratégicos de sus socios del sur.
Pero el verdadero peligro es que, mientras miramos por el retrovisor del siglo XX, China consolida una hegemonía tecnológica y geopolítica que no encuentra respuesta. El riesgo para Europa no es solo perder la tutela de Washington, sino seguir sin definir sus propios intereses en un mundo despiadado.
Europa no necesita más nostalgia estratégica, sino la valentía de asumir su mayoría de edad. La estabilidad no puede sostenerse sobre la mendicidad militar ni sobre discursos morales alejados de la realidad del poder. El desafío no es el fin del viejo orden, sino la incapacidad europea para evitar su propia irrelevancia en el mundo que viene.
Buenas tardes Sr. Foix
El capitalismo no es estático. Ha pasado por varias fases, un ejemplo es el keynesiano. Ahora es otro capitalismo, la tecnología lo ha modificado. Un contraejemplo es China, pasó del maoismo, una locura social, a ser un psis capitalista/comunista, algo extraño.
Trump quiere que las marcas alemanas fabriquen sus coches en EEUU, y den trabajo a los estadounidenses. No busca equilibrios, o un win-win. Nos humilla.
Si Alemania se rearma, con qué argumento se le podrá impedir que se dote de arma nuclear si EEUU y Rusia se convierten en sus enemigos?
Todo esto es una locura por los fanatismes ideológicos, religiosos y los pesudoprofetas tecnológicos.
Saludos y gracias por sus artículos
Com sempre, Lluís Foix dona una lliçó de política internacional. Un mestre del periodisme lligat a la Ciutadania i a la Democràcia.