Nuevas formas de guerra

Tanto Putin como Trump están perdiendo las guerras que empezaron.Y si no ponen fin a los conflictos salvando la cara, las consecuencias pueden ser muy adversas.

En medio del desconcierto que reina en Washington y en Moscú debido a las guerras empezadas pero no ganadas, es bueno recordar la advertencia de Tucídides de que las principales razones por las que los grandes imperios entran en declive son el orgullo, la arrogancia y la confianza excesiva en su fuerza frente a enemigos pequeños.

Las relaciones fluidas entre Trump y Putin, con frecuentes llamadas telefónicas en torno a la invasión de Ucrania y a la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán, no son para hablar del tiempo. Necesariamente, han de tratar de cómo acabar las respectivas guerras que ellos dos empezaron, que no están ganando y que no saben cómo terminar.

Sabemos todas las ocurrencias del presidente más parlanchín de la historia norteamericana. No hay día sin mensaje o sin amenazas de acciones bélicas que no acaban concretándose o que son contradictorias.

Del Kremlin, en cambio, no tenemos información ni sabemos cómo gobierna Putin. Conocemos que trabaja en búnkeres y que aparece poco en público. La conmemoración de la victoria en la Gran Guerra Patriótica en 1945 el próximo fin de semana será discreta y sin aquellos desfiles triunfalistas de tropas, tanques y misiles balísticos.

Los dos presidentes no tienen aliados en sus aventuras bélicas. Churchill decía que lo peor de luchar con aliados es luchar sin ellos. Los ucranianos van a resistir y han aprendido a resistir hasta donde haga falta. La ministra Margarita Robles lo afirmó el martes en la sesión de Foros de Vanguardia. Una guerra sin un horizonte victorioso devora al que la ha declarado sin causa justificada.

Lo mismo le ocurre a Trump, que ha utilizado la fuerza pensando que sometería a un pueblo con miles de años de historia alardeando de que “toda una civilización morirá esta noche, para no volver jamás” si no abrían el estrecho de Ormuz.

Lo cierto es que tanto Putin como Trump están perdiendo las guerras que empezaron. Pensemos que en Afganistán, cementerio de imperios, se estrellaron los británicos, los soviéticos y los norteamericanos. Una idea que ha atravesado los siglos es que las guerras no solo derrotan a ejércitos, sino que derriban gobiernos. En Washington, llegan las urnas en noviembre y en Moscú, Putin intenta sofocar el descontento.

Publicado en La Vanguardia el 7 de mayo de 2026

  3 comentarios por “Nuevas formas de guerra

  1. Creo que el señor Foix cae en la retórica de la guerra asimétrica: «gano si no pierdo y pierdo si no gano». De momento no hay vencedor ni derrotado en ninguna de las dos guerras. Otra cosa es que lo planificado no salga.

  2. En este articulo Foix introduce premisas ideológicas discutibles como si fueran hechos objetivos y, una vez aceptadas por el lector, construye un silogismo moral prefabricado.
    La operación retórica es transparente. Primero da por sentado que Trump “empezó” una guerra injustificada, que la está perdiendo y que actúa por arrogancia imperial. Después añade la frase de Margarita Robles —“una guerra sin horizonte victorioso devora al que la declara sin causa justificada”— y finalmente traslada esa condena moral a Trump y Putin como si la conclusión fuese inevitable.
    Pero el problema es precisamente ese: las premisas no están demostradas. Foix no argumenta; presupone.
    Decir que Trump “no tiene aliados” es simplemente falso. Decir que actúa desde la ignorancia o la improvisación permanente es más propaganda psicológica que análisis geopolítico. Y presentar cualquier presión militar sobre Irán como una especie de locura mesiánica occidental revela más el marco ideológico del articulista que la realidad estratégica de Oriente Medio.
    Además, Foix envuelve una posición partidista en referencias históricas prestigiosas —Tucídides, Churchill, Afganistán, los imperios— para dar apariencia de profundidad académica a una tesis básicamente emocional y política.
    La cuestión no es defender a Trump en todo. La cuestión es exigir un mínimo de honestidad intelectual. Separar hechos, hipótesis y opiniones. Foix los mezcla deliberadamente para conducir al lector hacia una conclusión predeterminada.
    Y hay otro detalle significativo: habla de Trump como si fuera un dirigente marginal o desacreditado, cuando en realidad representa a decenas de millones de estadounidenses y ha protagonizado uno de los mayores movimientos electorales de la historia reciente de EEUU, y pretender reducir el fenómeno Trump a caricatura psicológica ya no es análisis: es incapacidad para entender por qué una parte gigantesca de Occidente ha dejado de confiar en las élites mediáticas y políticas tradicionales.
    Al final, el artículo parece menos un análisis internacional que un intento de orientar emocionalmente al lector mediante asociaciones morales prefabricadas. Y cuando el periodismo intenta dirigir al lector en lugar de informarle, deja de analizar la realidad y empieza a fabricar relatos.

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