Edgar Morin, entre lo complejo y lo incierto

Una de las tesis del pensador francés era que el futuro no se dibuja en una pizarra, sino que llega inesperadamente y nos sorprende a todos. Falleció el 30 de mayo a los 104 años.Foto PASCAL GUYOT/AFP

 

Una de las reflexiones más interesantes de Edgar Morin, fallecido el sábado pasado a los 104 años, se centra en la incertidumbre y la complejidad de la realidad en todos sus aspectos. He repasado tres de los últimos libros que publicó al cruzar el umbral de su centenario.

En Lecciones de un siglo de vida, resalta que ha aprendido a no creer en la perennidad del presente ni en la previsibilidad del futuro. Casi todo lo que ocurre no estaba previsto y nos llega de forma inesperada.

Edgar Morin escribió decenas de libros y miles de artículos. Era un intelectual francés que militó en la Resistencia, judío de ascendencia sefardí, enamorado del Mediterráneo y un trabajador incansable hasta prácticamente su último suspiro. Francia le ha rendido el honor que reserva a los sabios.

Para tantos analistas y tertulianos que nos dicen lo que va a pasar mañana o dentro de un año, es aconsejable la prudencia y la honestidad de un pensador que advierte constantemente de la complejidad de las situaciones, de buscar los grises y aceptar que los grandes acontecimientos históricos parecían improbables.

En su repaso al llegar a los cien años nos habla de la imprevisión de la crisis de 1929, del ascenso de Hitler al poder, del Frente Popular en Francia, de la guerra civil española, de la lucha de estalinistas y trotskistas en 1937 en Barcelona, del pacto germano-soviético de 1939, de la rendición de Pétain a Hitler y de la alianza entre Churchill, Stalin y Roosevelt para derrotar el nazismo.

La lista de hechos imprevistos llega hasta hoy. Se fija Morin en el imprevisto de la unión del capitalismo y el comunismo en la China de Deng Xiaoping, que ha llevado a un país empobrecido a ser la otra gran potencia mundial.

Para Morin, la respuesta a la incertidumbre no es la resignación, sino una combinación de conocimiento, prudencia, creatividad y adaptación.

En la política local o nacional no hay fotos fijas. Nadie pudo predecir, por ejemplo, que José Luis Ábalos pronunciara el discurso de la moción de censura contra Mariano Rajoy denunciando la corrupción del Partido Popular, este lunes hizo ocho años, y que acabaría en la cárcel investigado por presuntos delitos de corrupción. Siguiendo su pensamiento de la realidad compleja, Morin observa que las sociedades modernas, pese a sus avances científicos y técnicos, continúan siendo vulnerables a lo imprevisible.

Nadie se atreve a predecir cómo y cuándo acabará la guerra de Trump y Netanyahu contra Irán, ni si Putin podrá resistir cuatro años de guerra fallida contra Ucrania con más de medio millón de soldados rusos muertos en el campo de batalla. Ni cómo quedará Europa después de esta nueva confrontación con la Rusia eterna.

El futuro no se dibuja en una pizarra, sino que llega de forma inesperada, se inventa a sí mismo sin que nadie lo hubiera previsto. En su recorrido vital, Morin escribe que desde los trece años tuvo dos revelaciones contradictorias que le marcaron para siempre: la duda y la fe.

Los autores que más le influyeron en sus años de formación fueron Dostoyevski, Montaigne, Dumas, Voltaire, Rousseau... Un pensador ilustrado, racional y místico laico. No era creyente. Me gusta la polémica sobre las ideas, pero detesto los ataques ad hominem, escribió en el libro de su centenario. Atacar a las personas, añadía, me degradaría más a mí mismo que a los que pretendiera injuriar. Decía también que la autocrítica es una higiene psíquica esencial.

Coincido con Morin en que estos tiempos convulsos nuestros no son peores ni mejores que los del pasado. Son distintos porque las circunstancias han cambiado. En otro de sus libros, Historias de vida (2022), habla de que perdura la improbabilidad de esas fuerzas vitales, creadoras, ignoradas por los partidos, las administraciones… que un día se unirán y nos darán una sorpresa.

Sobre el arte de envejecer bien, dice que hay que guardar las curiosidades de la infancia, las aspiraciones de la adolescencia, las responsabilidades de la madurez y en el último tramo del camino extraer las lecciones de nuestra propia trayectoria. “La esperanza es la espera de lo inesperado”, es una de sus máximas.

Publicado en La Vanguardia el 3 de junio de 2026 

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