Las armas y la batalla cultural

Un paso peligroso es cuando la mentira entra sistemáticamente en la política. La primera víctima de la guerra es la verdad. Ataque ruso en una zona residencial de Kyiv. (Foto: Maxym Marusenko/EFE)

Se atribuye al senador republicano por California Hiram Johnson la conocida frase de que la “primera víctima de la guerra es la verdad”. La pronunció en un debate en el Congreso cuando Estados Unidos llevaba unos meses combatiendo en la Gran Guerra. El presidente era Woodrow Wilson.

Desde las guerras púnicas hasta el conflicto más reciente la mentira ha dominado el escenario bélico. Desaparece la libertad e irrumpen la propaganda, el espionaje, las conspiraciones y los chantajes. En el museo sobre la historia del espionaje que visité en Washington hace años se muestra la historia de las traiciones, las mentiras, las suposiciones, la justificación de los medios, cualquiera que sean, para alcanzar los fines. No hay una sola guerra que se haya ganado limpiamente.

Tenemos información superficial de lo que se trama en los estados mayores de Washington, Moscú, Jerusalén, Kyiv y Teherán, por citar solo unas capitales que están en guerras próximas o lejanas. La realidad no son los discursos ni los relatos, sino los miles de muertos y la destrucción que siembran las armas sobre poblaciones civiles. En la Primera Guerra Mundial solo un 5% de las víctimas fueron civiles, mientras que el porcentaje se elevó al 66% en la Segunda.

En las guerras desaparecen la verdad y el derecho. Un paso peligroso es cuando la mentira se introduce sistemáticamente en la política. Vivimos una época, dice el ensayista Harry Frankfurt, en la cual, por extraño que parezca, muchos individuos bastante cultivados consideran que la verdad no merece ningún respeto. Se insiste en que, simplemente, todo depende de cómo se miren las cosas.

Solo los pueblos informados pueden tomar decisiones libres. La batalla cultural no la ganarán las armas, sino la capacidad de interpretar la realidad de acuerdo con principios racionales y humanistas. El tiempo y la historia pondrán las cosas en su sitio. Es famosa la respuesta de Georges Clemenceau cuando le pidieron que especulase sobre qué dirían los futuros historiadores sobre la Gran Guerra: “Desde luego, no dirán que Bélgica invadió Alemania”. Sospecho que tampoco se dirá que Putin y Trump acertaron en comenzar guerras que deberían haber sabido que no ganarían solo con la fuerza.

Publicado en La Vanguardia el 4 de junio de 2026

 

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