Gritar no es convencer

Cuando las sesiones en la Cámara de los Comunes no eran televisadas en directo, acudí muchos martes y jueves a las preguntas al primer ministro. Un colega británico me decía que era el mejor teatro de Londres. Por las encarnizadas batallas dialécticas, la ironía, el sarcasmo y el sentido del humor. Siempre que puedo las sigo ahora en directo para huir del griterío confrontacional del Congreso. La capacidad de los gobernantes para soportar una crítica es una vieja prueba de resistencia democrática.

Las bromas no son aceptadas públicamente en las dictaduras. No me imagino programas de radio o televisión criticando a Putin o a Xi Jinping en Moscú o Pekín. Ni en la Nicaragua de Ortega o la Venezuela de Maduro.

En las democracias, el poder y el humor se necesitan y se temen. El ingenio en responder a una broma de un adversario puede convertirse en una arma eficaz para combatir al oponente.

A Trump tampoco le gustan las bromas, como se demostró en la cena de corresponsales que tradicionalmente se celebraba cada año en Washington y a la que hace unos días se presentó por primera vez el actual presidente. La primera autoridad del país pasa por el trance de ser el blanco de los chistes y bromas, que es una forma de reconocer que el poder no está por encima de la crítica.

La cena de este año no fue un éxito. Trump aceptó algunas chanzas pero acabó atacando personalmente a periodistas y a los propietarios de los medios. Nada nuevo.

Ronald Reagan no era un gran trabajador, pero tomaba las decisiones rápidas y simples. Cuando fue objeto de un atentado e ingresado con urgencia a un hospital de Washington para que le extirparan la bala que llevaba en el cuerpo tuvo el humor de decir al equipo médico: “Espero que todos ustedes sean republicanos”.

El cinismo y la inteligencia política de Andreotti le llevó a declarar que “el poder desgasta, especialmente al que no lo tiene”. O De Gaulle cuando bromeó diciendo lo difícil que era gobernar un país con 246 variedades de queso”. Toda broma, decía Orwell, encierra un elemento de desafío.

Han sido los británicos los que mejor han manejado el humor en la política, a veces en momentos dramáticos. Tomás Moro le pidió a su verdugo que le ayudara a subir al cadalso porque “para bajar ya me las arreglaré yo”. También le advirtió: “Mi barba no ha ofendido al rey (Enrique VIII) y, por lo tanto, no me la corte”.

El maestro del humor y el cinismo en política fue Churchill. Una de sus más famosas­ diatribas fue cuando la diputada lady Astor le dijo: “Si usted fuera mi marido, le pondría veneno en el café”, a lo que el entonces todavía diputado le contestó: “Si usted fuera mi mujer, me lo bebería­”.

¿Quién no recuerda la catalana ex­presión de Xavier Trias cuando, al no obtener la alcaldía de Barcelona a pesar de haber obtenido más votos que nadie, lanzó una exclamación definitiva: “Que us bombin!”?

Alfonso Guerra recorría a la metáfora satírica y mordaz como cuando llamó a Adolfo Suárez el “tahúr del Misisipi”. O aquello de que “el que se mueva no sale en la foto”. El caso de Mariano Rajoy es el del humor involuntario como cuando no era consciente de que lo que supuestamente quería decir resultaba ser un chiste que los colegiales rescatan en internet: “Cuando peor, mejor para todos y cuando peor para todos, mejor”. “Un acertijo, envuelto en un misterio dentro de un enigma”, como definiría Churchill a la Rusia de Stalin.

Ni Sánchez ni Illa despliegan facultades irónicas o humorísticas. Tienen un aire de severidad y de salvapatrias y no saben introducir píldoras dialécticas que rebajen el dramatismo del momento. Feijóo tiene una actitud ambigua y no sabes si está enfadado o repite slogans poco pensados.

Pienso que el humor inteligente, aunque sea sarcástico, es positivo si sustituye al insulto desproporcionado que nos suministran diputados y ministros desde las bancadas del Congreso. No hace falta gritar para convencer. Ortega y Azaña discreparon en el fondo pero sus discursos sobre el Estatut de Catalunya de 1932 se pueden releer por la belleza del lenguaje y el contenido de sus planteamientos contrapuestos.

Publicado en La Vanguardia el 29 de julio de 2026

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