El control del poder

El espíritu de la Constitución de Estados Unidos establece que la democracia no consiste en confiar todo el poder a quienes ganan las elecciones, sino en establecer límites para que nadie pueda ejercerlo sin controles.

Los vaticinios son arriesgados, sobre todo cuando se pretende adivinar el futuro. Poco pensaba Donald Trump que en los dos primeros años de su segundo mandato perdería el control de las dos cámaras del Congreso. Las encuestas ya lo presagiaban, pero él estaba seguro del argumentario de vencedor que había elaborado con mentiras y medias verdades.

La democracia norteamericana tiene muchísimas imperfecciones, pero su sistema de contrapesos la ha convertido en la más longeva y todavía la más sólida del mundo.

Alexander Hamilton fue uno de los inspiradores de la Constitución, junto con James Madison y John Jay. En Los papeles federalistas dejaron escrito que “la democracia no consiste en confiar todo el poder a quienes ganan las elecciones, sino en establecer límites para que nadie pueda ejercerlo sin controles”.

Para ello es necesario que cualquier poder público tenga que rendir cuentas y ser auditado por los electores periódicamente. Si los hombres fueran ángeles, ningún gobierno sería necesario, escribió Hamilton.

Trump no cambiará su discurso triunfalista ni su desprecio al periodismo crítico. Pero su derrota en las elecciones midterm se debe a la propaganda, la falsa palabra y la verdad a medias. La “realidad alternativa” es pura virtualidad. No existe.

La política en democracia no es un conjunto de relatos brillantes elaborados en gabinetes de comunicación, sino saber administrar los intereses contrapuestos de los ciudadanos. Con hechos, con presupuestos, con promesas cumplidas y con un trato civilizado con el adversario o el diferente. La humillación a Zelenski no se ha borrado del imaginario global.

Trump pagará los errores y excesos cometidos en política exterior tratando a los regímenes autoritarios como amigos y a los aliados como parias. La guerra contra Irán ha tocado al bolsillo de la gente y el trato maleducado a sus críticos no forma parte del talante del pueblo americano.

El prepotente Donald Trump se ha convertido en un pato cojo precipi­tadamente, con un Congreso de mayoría demócrata que le cortará el paso cuando pise líneas rojas con sus habituales caprichos. Quedan dos años para medir la dimensión política de un personaje que ha planteado un plebiscito sobre su persona y lo ha perdido.

Publicado en La Vanguardia el 5 de noviembre de 2026

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