Abandono de la centralidad

Pedro Sánchez y Núñez Feijóo han sido incapaces de alcanzar políticas de Estado y se han enzarzado en una confrontación hostil e inútil.

Un primer ministro italiano decía que en política son más relevantes las corrientes de fondo que el paisaje de confrontación del día a día. Pedro Sánchez ha convocado a las urnas el 29 de noviembre en un ambiente de choque político que, hasta esa fecha, se observará en los comicios de Israel, Brasil y Estados Unidos. En los tres países se trata de enfrentamientos radicales que rozan la ruptura del sistema con una hostilidad al adversario que se traduce en odio al diferente, al que piensa distinto y en muchos casos al inmigrante.

Los 53 días hasta el 29 de noviembre la dialéctica no será distinta en España. En las campañas electorales se dice lo que se sabe y lo que se intuye. La mentira parece tener patente de corso y la propaganda forma parte central de todas las campañas, que están en manos de expertos en comunicación.

Hay naturalmente excepciones, como la de Suecia, o formalidades como la británica, donde cambian a un primer ministro laborista desbancando al que había conseguido el mejor resultado laborista desde la victoria de Clement Attlee en 1945.

Las formas y el derecho son esenciales para mantener la estabilidad política de una democracia. Es tan importante saber perder como saber ganar. Churchill fue enviado a casa después de haber ganado la guerra y a los pocos años volvió a entrar, ya anciano, en el número 10 de Downing Street, donde fue obligado a irse educadamente porque sus facultades habían ­mermado.

Las encuestas dibujan un paseo triunfal del Partido Popular y Vox ante un PSOE cargado de casos de corrupción judicialmente en curso y una izquierda de la izquierda que no parece que pueda sostener un futuro gobierno progresista y de izquierdas presidido por Sánchez.

Pero el partido hay que jugarlo y la derecha suele cometer errores garrafales en los últimos recodos de la campaña, como la falsa información facilitada por el gobierno en los atentados de marzo del 2004 en Madrid.

Núñez Feijóo llevará la mochila de Vox, que puede ahuyentar a muchos votantes que discrepen de sus políticas extremas en cuestiones de inmigración y de soberanía nacional. No hay duda de que si las derechas tienen mayoría, formarán gobierno, como lo han hecho en Aragón, Extremadura, Andalucía y Castilla y León. Hay una parte nada despreciable del electorado a la que esta opción no le produce ninguna angustia. La centralidad conservadora se ha desplazado más a la derecha.

Pedro Sánchez tiene el mismo problema, pero a la inversa. Ocho años de pactos en el gobierno de coalición con Sumar y Podemos, más sus acuerdos con los partidos del bloque de la investidura, no han hecho crecer a las fuerzas a su izquierda, sino que las han debilitado y, a juzgar por las encuestas, las pueden haber eliminado, haciendo que su anunciada derrota sea menos catastrófica porque habrá cosechado muchos votos de la izquierda de la izquierda.

Pero las elecciones generales se traducen en escaños en el Congreso. Y los gobiernos se invisten con el voto mayoritario de diputados. Lo que ocurra hasta el 29 de noviembre en Brasil, Israel y Estados Unidos puede tener importancia para los discursos y los mítines. En todo caso, acentuará o atenuará la tendencia derechista que se observa en Europa, Estados Unidos y América Latina.

El cambio está en el debilitamiento de los partidos conservadores clásicos y, en el caso de España, en el deslizamiento de la socialdemocracia hacia posiciones más radicales de la izquierda, que ha dejado la centralidad y ha optado por el choque.

El PSOE, un viejo partido que ha gobernado más años que el PP desde la transición, tiene que escoger entre los planteamientos largocaballeristas o los prietistas, las dos almas que han atormentado al PSOE desde la II República y que en tiempos recientes encarnaban Rodríguez Zapatero y Pérez Rubalcaba.

En cualquier caso, el votante sabrá distinguir entre los relatos y la vida real, concretada en la vivienda, en el poder adquisitivo, en la calidad de la educación y la sanidad, en la capacidad de emancipación de los jóvenes y en el respeto a las libertades. Y todo esto no se improvisa con decretos leyes. La división de poderes de Montesquieu es esencial.

Publicado en La Vanguardia el 7 de octubre de 2026

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